Las y los barrenderos saben, en un abrir y cerrar de ojos, cómo fue el «crimen» de la noche anterior
07 mar 2023 . Actualizado a las 13:24 h.Se suele decir, no sin razón, que los camareros se convierten, sin buscarlo, en auténticos psicólogos. Una mirada más fina sobre el fenómeno nos revelará incluso un segundo armónico. Mi querido Nacho Da Cappo, el sabio de Avilés, decía, muy acertadamente, que, a determinadas horas, habría que considerarlos más bien forenses, puesto que su trabajo acababa consistiendo en «reconocer y analizar cadáveres». Pero hay otras horas, en cambio, que son aristotélicas en sí mismas. Horas en las que la vida moderna está en su pico más bajo, en las que el bullicio y la velocidad de la vida actual están atenuadas, y la vida moderna retorna a su niñez convirtiéndose otra vez en vida, sin deícticos cosificadores, sin adjetivos reduccionistas. Son las horas del pescador, del agricultor, del observador, del filósofo, del barrendero (inclúyase aquí todo tipo de oficio desempeñado a esas horas bajo la aspereza de la intemperie- y, por supuesto, entiéndase que ellas, ¡y qué guapas, por cierto!, están incluidas en cada singular y plural).
Las, repito, y los barrenderos saben, en un abrir y cerrar de ojos, cómo fue el crimen de la noche anterior, cuántas personas estuvieron implicadas y cuál fue la intensidad de la violencia. Sí, ríanse ustedes del mejor detective de Netflix, o de cualquier otra plataforma de catecismo actual. Ellas y ellos entienden que, en esas horas aristotélicas en las que el sol está a punto de aparecer en escena, los yonquis no son yonquis, sino trabajadores que van a ganarse su desgraciado pan. Y tienen (las y los barrenderos), además, capacidades adivinatorias. Con sólo observar de refilón a los comerciantes yendo a sus trabajos y a los niños yendo a los colegios, pueden predecir cómo irá el día que con su trabajo preludian. Los barrenderos también saben que acaso sean los perros los que sacan a pasear a sus dueños, y a mostrarles el misterio del renacimiento de la vida, aunque pocos de estos últimos atiendan. Ellas y ellos no sólo convierten una calle inhabitable en otra por donde horas más tarde podrán pasear con sus hijos sin peligro de cortarse, mancharse o resbalar con algún desperdicio que nunca debió estar allí; sino que, incluso, los mayores entre ellos, nos deleitan con andares de una sabiduría y jondura sólo comparables a un Camarón acercándose a su silla en el escenario de un Olympia. Las y los barrenderos saben mucho, pero, como sabios, callan. Ellas y ellos entienden realmente la escena final de la obra maestra de José Luis Cuerda Amanece que no es poco. Y los demás, al verlos al mediodía recogiendo a sus hijos en el colegio, con el trabajo ya hecho, teniendo el día para dedicarlo a sus familias o a lo que consideren; quizás entendamos cuáles son las cosas importantes de la vida.
Epílogo:
Como el mundo es de tal naturaleza que acaso reciba más mérito el que escribe estas sencillas líneas que aquellas y aquellos que son su fuente de inspiración, vaya aquí mi más sentido respeto, agradecimiento y admiración para las personas que limpian nuestros templos de lo cotidiano que son las calles.