¿Los vamos a dejar tirados?


Nos gusta aparecer en cualquier momento y que nos pongan lo de siempre. Lo de menos es la hora, porque tenemos hambre, sed y cuerpo de timba o, tal vez, simplemente de que alguien nos escuche. Para eso está esa gente ahí detrás, dispuesta a proporcionarnos lo que necesitamos. Si hay confianza, incluso cuando las telarañas son lo único que habita nuestros bolsillos. Nos ponemos estupendos si estamos bien, e insufribles cuando vienen mal dadas. Si se nos va la mano, a menudo los atosigamos con chapas infames, como si un tercio de cerveza bastase para comprar el derecho a vomitarles nuestras miserias encima y a otra cosa. Reservamos mesas, cambiamos de idea a última hora y ojo con rebotarte, que ahí tenemos Tripadvisor o cualquier otra ruina parecida para escupir nuestras opiniones de enterados sin opción a réplica.

Nos gustan nuestros bares, los exprimimos a fondo, a veces sin medida, y ahora que los problemas de verdad se presentan en la puerta, ¿los vamos a dejar tirados sin salvavidas? Cuando la segunda ola llegó, descubrimos que, en realidad, no había ningún plan. Ni siquiera un Sam que pudiese tocarla otra vez. Al fin y al cabo, su piano tampoco era de primera necesidad.

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