Ese oscuro objeto de deseo llamado mascarilla

El nuevo elemento de moda comienza a personalizarse por bares y hasta clubes de fútbol


En Vilagarcía gustó mucho siempre eso de los desfiles de modelos. De modelos, porque más que de moda o de prendas lo que nos importaba era quién desfilaba. Gozaron durante algunos años de gran predicamento entre la juventud porque quien más quien menos tenía algún amigo sobre la pasarela y A Peixería, que era donde se organizaban, se solía llenar para la ocasión. No pondremos nombres, pero varios de los más guapos y guapas del lugar desfilaron ante todos nosotros. Y a mí ya me está faltando ahora un desfile, pero de mascarillas. Va a ser el complemento de moda durante las próximas semanas. No hay ninguna duda. Ayer lo comentábamos. Falta poco para que abra alguna tienda en la que se vendan únicamente mascarillas. En San Sebastián hay una, no sé si seguirá abierta, en la que únicamente se venden patos de goma. Y, a día de hoy, la capacidad de captar clientela entre una mascarilla y un pato de goma no debería tener color. Bueno, no debería tener color entre un pato de goma y prácticamente cualquier cosa, pero vivimos en un mundo un tanto raro.

El asunto es que estamos cada vez más cerca de ese momento en el que ya no no le importará a la gente usar mascarilla. Todo lo contrario. Caminamos hacia el «me mola tu mascarilla» para sustituir al «qué bien te queda esa camiseta». Esto es así. Somos así. Haremos de la necesidad, moda. Las grandes marcas ya han puesto en circulación las suyas, que han sido promocionadas, claro está, por varias celebrities. Cualquier puede hacerse con una de Louis Vuitton, por ejemplo, a través de Internet. Bueno, cualquiera no, porque vale nada menos que 85 dólares. Las hay más caras si los 85 dólares les parecen poco, no se preocupen. Solo hay que darse un voltio por la red para encontrarlas. Ahora que lo pienso, no sé cuánto valían los patitos de marras, pero igual entre una mascarilla de 85 pavos y un patito, escojo el patito.

Por aquí también se pueden comprar, evidentemente, con un precio más asequible y, además, ayudando al comercio local. Las hay de todos las maneras y estilos y han comenzando a utilizarse también como elemento de promoción. El Pontevedra, por ejemplo, repartirá las suyas personalizadas entre sus socios. Y no será raro que, cuando regrese el público a las gradas de los campos de fútbol, se convierten en un elemento más para lucir los colores de tú equipo, como son ahora las bufandas. Si además tuvieran un inhibidor de exabruptos para hinchas descerebrados serían casi perfectas. Y, con el fútbol, los bares. En el Miudo ya lucen la suya desde hace unos días, personalizada con el logo del local. Ahora que los coleccionistas de sellos parece que están en horas bajas, seguro que habrá quien haga de las mascarillas su nuevo y oscuro objeto de deseo.

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