Un vermut en A Baldosa

El cierre temporal de varios bares de esta calle emblemática es un síntoma preocupante


Vilagarcía / la voz

Hace 70 años, las calles de Vilagarcía estaban divididas por categorías. Eran de primera las calles José Antonio Primo de Rivera (Castelao), Duque de Rivas (Juan Carlos I) o el Callejón del Viento, que entonces se llamaba como ahora: Juan Francisco Fontán. Curiosamente, la actual Conde Vallellano era de segunda categoría y otra calle de primera era Héroes del Alcázar, que hoy es la popular Baldosa. En realidad, A Baldosa más que una calle es un concepto, un espacio singular, una confluencia de rúas peatonales que se convirtieron, a partir de los 80, en ese lugar de referencia que caracteriza a las ciudades de menos de 50.000 habitantes, el punto donde todo el mundo se encuentra, donde ves y te ven. En la década de los 80, la vida social y política se sustanciaba en A Baldosa y era en esa calle donde a base de cafés y chiquitas fraguaban listas electorales, se promocionaban los candidatos y se conocían los rumores, que en A Baldosa se convertían en noticias.

«Es una mezcla de Elígeme y La pasión de China Blue, un dilema entre el ver y el ser visto, es una calle de pasos perdidos y también una sinfonía de colores posmodernos y gente guapa. Cóctel de cremas, perfumes y alcohol, tiene sus propios rosarios: de mañana, comerciantes y jubilados, a mediodía, la jet política y financiera, por la tarde, mamás con niño, y a partir de las nueve, la bollería comarcal... A Baldosa es el vicio del verano». Así describíamos en julio de 1986 el ambiente de esta calle que ahora, 34 años después, sufre una crisis inesperada y nos deja estupefactos al comprobar cómo cierran varios de sus bares, aunque sea de manera temporal.

En aquel tiempo, se decía irónicamente que los partidos elaboraban sus listas electorales tras hacer una encuesta muy particular: en los primeros puestos iban los candidatos más conocidos por los camareros de A Baldosa. Recuerdo que, en 1987, después de dos años apartado de la dirección de Fexdega, se supo que Gumersindo Rodríguez Eira volvía a la dirección de la feria de muestras porque se le veía mucho por A Baldosa tras un par de temporadas desaparecido. A Baldosa no era solo la calle central de los vinos, sino también las callejas y callejones perpendiculares: las historias que allí sucedían eran siempre noticia. Cómo olvidar el episodio del ladrón de La Voz de Galicia de Foto Centro, que, en el otoño de 1992, cada domingo le arrebataba a Raúl su ejemplar del periódico hasta que el fotógrafo lo cazó y resultó ser un rico jubilado y aprovechado. O la tristeza que nos embargó cuando, en 1993, cerró el hostal Cortegada, donde se había alojado el comisario de Vilagarcía, que compartía el retrete común con otros pupilos de aquel alojamiento atendido por una señora encantadora que tejía en una mesa camilla al final del pasillo que llevaba a recepción.

Al tiempo que se cerraba el Cortegada, Román se quedaba con el bar A Baldosa, que quedaba justo debajo de la sede del BNG. Román, natural de O Carallote, en pleno centro de Vilaxoán, cantaba a veces el himno de Vilaxoán con el alma y el corazón puestos en 1913, cuando su pueblo dejó de ser concello independiente. Ya saben la letra: «Ahora que ha caído el Ayuntamiento de Vilaxoán / No hay escuelas de niños y los maestros descansarán / Por las calles y las plazas se ven los niños jugando al sol / Por no tener una escuela que les cobije y les dé instrucción...».

Hasta 1993, en la milla de oro de la hostelería vilagarciana, entre A Baldosa y Méndez Núñez, había cinco terrazas, pero durante el verano de ese año, aquello se puso tan de moda que se instalaron 13 terrazas. Ante tal éxito, el ayuntamiento de Javier Gago anunciaba que se iba a cambiar el pavimento de la calle, hasta entonces una auténtica pista de patinaje sobre hielo los días de lluvia. Las obras tardaron tanto en acabarse que durante los carnavales del año siguiente, las comparsas vacilaban al concejal Rodríguez Cuervo de esta manera: «A Baldosa sigue en obras / e o pobre Cuervo non da feito / por cada burato que tapa / sáenlle outros catrocentos».

Todo lo que sucedía en A Baldosa era noticia. Si había plaga de palomas, se recordaba la historia de la calle, donde, entre la de Román y la de Mingos, hubo una fonda con un palomar. Cerró la fonda, desapareció el palomar y las palomas se posaron en A Baldosa. O cuando el gran José Luis Alvite, que hacía mili en Vilagarcía y ya escribía en los periódicos, ironizó sobre una señora con pieles y perrito que tomaba el café en el Plaza y el vermut en A Baldosa. Resultó que la señora en cuestión era la esposa del comandante de Marina y Alvite acabó en el calabozo arrestado por delito de ironía.

En aquel artículo de julio de 1986 escribíamos: «Llegará la lluvia y se acortarán los días. Las cafeterías recogerán sus mesas y las pieles se tornarán blanquecinas y aburridas. A Baldosa perderá su aura de pecadillo y transgresión para convertirse en una calle más de una ciudad norteña que se aletarga en invierno». Entonces, los bares solo se aletargaban. Ahora, cierran.

Alvite ironizó sobre una dama que tomaba vermut en A Baldosa y acabó en el calabozo

No podías ser candidato si en A Baldosa no conocían tu nombre

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