vilagarcía / la voz

No hay época mala para darse un paseo por el parque de O Carreirón, pero es probable que sea en los meses de invierno cuando más se disfrute. Por una razón clara, la tranquilidad que ya de por sí desprende el lugar se multiplica drásticamente.

Miércoles, 11 de la mañana. La zona de entrada al parque de O Carreirón está vacía de coches. Apoyados en la valla de madera charlan dos hombres y unos metros más allá una mujer está consultando uno de los letreros de información que están en el acceso al lugar. Tres personas juntas es una imagen que no volveremos a ver en los aproximadamente 45 minutos que nos llevó la ruta.

El camino es conocido y está en el perfecto estado de revista habitual. Hay charcos, claro, pero se sortean sin dificultad. A los pocos metros de comenzar el recorrido tenemos el primero de los dos únicos encuentros que habrá durante toda la mañana: un ciclista nos adelanta sin problemas. Algo más tarde será un joven que está corriendo el que saludará con un correctísimo «buenos días». Y punto. Ni un ruido más, más allá del canto de los pájaros. Todo un despliegue de calma y serenidad.

Al llegar a Punta Carreirón, donde está una de las calas del lugar que más afluencia de bañistas tienen en verano, nos encontramos con el primer bloque de basura acumulada. No se trata de una acción de los vándalos, todo lo contrario. Los residuos apilados al pie de un árbol o de una valla por ciudadanos anónimos aparecen en bastantes partes del trayecto. Ni siquiera el temporal de la noche anterior dejó muchos residuos en la playa. La inefable botella de cerveza, varios troncos y una baliza destrozada es lo que nos encontramos tras un vistazo, verdad es que somero.

Cerca de allí está uno de los secretos de O Carreirón: la laguna. Allí está también el observatorio de aves pero, ayer por la mañana, con la marea baja y la vegetación muy alta no era el mejor momento. La presencia de distintas especies de pájaros es una constante y un par de garzas rompieron la monotonía de la vista de las más habituales.

El paseo discurre sin mayores resultados hasta que debe tomarse el «camiño novo». El desgaste que en las dunas provocó el continuo paso de bicicletas obligó hace ya unos meses a vedar el paso por una zona que está en pleno proceso de recuperación. Se inicia ahí el camino de vuelta hacia la zona de partida, que siempre se puede alargar más o menos porque senderos hay para perderse más allá del que te traslada con mayor rapidez a la zona de entrada al parque.

Es esa una zona en la que ya no reinan los bañistas ni en verano, salvo raras excepciones porque hay tantos gustos como colores, y son los pájaros de nuevo quienes están a su aire, buscando comida en una mañana muy tranquila.

El tramo final no ofrece mayores sobresaltos que los que se pueden producir al evitar los charcos y se puede disfrutar de otra pequeña laguna, con algunos árboles semisumergidos en un paisaje que recuerda vagamente a los Cayos de Florida, aunque sin caimanes que acechen.

En la valla de salida ya no están ni los dos paisanos que saludaron al principio. Llegan un par de coches, pero ni siquiera así se romperá la tranquilidad del lugar.

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O Carreirón, el parque que maravilla también en invierno