El autobús que cazaba jabalíes

Entre Galicia y Andalucía circula un bus nocturno lleno de monjas, profesores y camellos


redacción / la voz

El puente de los Reyes Magos lo pasé en Málaga. Andalucía queda cerca de casa, en esas fechas suele reinar buen tiempo en el sur y hacer un viaje largo para estar dos días en Galicia no tenía mucho sentido. Así que me fui a Málaga, una ciudad que hace 15 años era el gran almacén de la Costa del Sol, una especie de capital de provincia-centro logístico desde el que se distribuía la cerveza Cruzcampo, la ginebra Larios y los productos de limpieza y alimentación a Torremolinos y Marbella.

Pero en los últimos tres lustros, Málaga ha disfrutado de una revolución espectacular: ha llegado el AVE, su aeropuerto, ya importante, es ahora uno de los principales de España y han abierto cuatro museos de primera categoría y de gran tirón popular: Picasso, Thyssen, Pompidou y San Petersburgo. Tras los museos, los aviones y el AVE, ha llegado Antonio Banderas con su teatro Soho, donde representaba estas Navidades un musical producido al estilo Broadway con precios de Broadway. Y en el meollo de este cambio brutal, sus calles del centro, convertidas en el centro comercial abierto más espectacular que conozco: franquicias que se repiten, bares por doquier y colas para comprar, para comer y para ver.

Estos lugares tan turísticos me mosquean y me tienen en alerta a todas horas. Sé que me van a engañar y me engañan: en un restaurante pregunté si la lubina que me ofrecían era salvaje y me aseguraron que sí, completamente salvaje. Al rato, llegó a la mesa una lubina de ración de piscifactoría sin gracia ninguna. Y es ahí, en ese punto, al sentirme engañado en la mesa, cuando empiezo a ponerme morriñento y a lamentar no haberme ido a pasar el puente a Vilagarcía.

Me intentan consolar con razonamientos lógicos del tipo hay que conocer España, no puedes viajar solo a Galicia, pero entonces yo muestro la lubina «salvaje» y recuerdo unas sollas fresquísimas que compré en el mercado de Vilagarcía: las ponías en el fregadero para limpiarlas y daban una salto y aparecían en el suelo de la cocina. Aquella frescura antológica no se me olvida: cuatro sollas dando saltos en la cocina.

En otro restaurante, me ofrecieron almejas de Carril. No es que yo sea un experto en almejas, pero aquellas tenían la concha de color amarillento y me sonaban más a Chile que a Carril. Ahí no me dejé engañar, opté por un plato de fritura malagueña y vuelta a ponerme morriñento y odiosamente comparativo: «Donde esté la merluza rebozada del Emilio de Catoira o del Pequeño Bar de Vilagarcía, que se quiten los chanquetes». En fin, una actitud lamentable porque cada lugar tiene su gracia y su estilo y comparar solo sirve para amargarse.

No es difícil encontrar gallegos en Málaga. Incluso tengo varias antiguas alumnas de Vilagarcía trabajando allí. También Algeciras y Cádiz tienen bastante relación laboral con Galicia más allá del empleo en un parking de Sito Miñanco, pero en estos casos son empleos relacionados con el mar y la Marina.

Entre Galicia y Andalucía, hay varios vuelos a la semana, pero la opción más barata es el autobús de la empresa Daynco, que une A Coruña y Algeciras todas las noches de la semana. Durante un año, cogí ese autobús cada 15 días y puedo asegurar que es el autocar más novelesco que imaginarse pueda. Su pasaje es tan variopinto que en un viaje de ida, fui sentado al lado de una chica a la que trasladaban de un club de alterne de Ourense a otro de Sevilla y en el de vuelta, fui compañero de asiento de una monja que iba de Mérida a Zamora. Curiosamente, los temas de conversación fueron los mismos.

Ese viaje es utilizado por camellos de poca monta para bajarse al moro: llegan a Algeciras, cruzan a Tánger, compran hachís y vuelven al día siguiente. La policía lo sabe y las redadas las hacen en la estación de autobuses de Zafra, antes de que caiga la noche para evitar molestias a los viajeros dormidos. Ese autobús es muy utilizado también por profesores de universidad que se mueven por los campus del oeste de España y por esposas de marineros cuyos mercantes hacen escala en Algeciras y aprovechan para bajar desde Galicia a verlos.

En esos viajes y rodeado de ese pasaje tan variado, he vivido historias tan rocambolescas como cuando el autobús atropelló y mato un jabalí a la altura de la cárcel salmantina de Topas. El conductor frenó, detuvo el autocar en el arcén y él y el cobrador caminaron durante 300 metros para recoger el jabalí y guardarlo en el maletero. En Puebla de Sanabria, lo dejaron en un restaurante y el domingo, a la vuelta, se lo comieron asado con patatas fritas.

Al recordar la historia del jabalí salmantino, me viene a la memoria una anécdota de los años 30, cuando le presentaron a Unamuno a unos diputados que alborotaban mucho en el Congreso a los que llamaban los jabalíes. El escritor objetó que eso era imposible porque los jabalíes van solos o en pareja y aquellos diputados iban en grupo, o sea, en piara y por lo tanto, más que jabalíes serían cerdos. Como ven, los viajes entre Andalucía y Galicia dan mucho juego.

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