Albariño en el supermercado de barrio

Rías Baixas se ha convertido en el blanco más prestigioso y lo encuentras en cualquier tienda


redacción / la voz

Escribo este artículo un tanto agitado. Es jueves y ya estoy de vacaciones. Mi primera actividad de asueto ha sido ir al supermercado de mi barrio en Cáceres a hacer una compra creativa. Ya saben, esas compras que hacemos los hombres en las que, so pretexto de traer un poco de leche y otro poco de fruta, acabamos comprando un sinfín de productos prescindibles, pero divertidos: un botecito de foie de pato ¡a muy buen precio!, unas patatas fritas de sartén gruesas y con muy buena pinta por las que nos reñirán cuando descubran en casa que tienen un 48% de materia grasa, un cóctel carísimo de frutos secos... En fin, vamos a por leche y volvemos cargados de fruslerías, caprichos y golosinas.

Las del Pulpo

Digo que estoy un poco agitado porque al salir del supermercado ha estado a punto de caerme la del pulpo. Ya saben, el Pulpo era aquel piloto gallego de una galera de la llamada Armada Invencible que, refugiado el barco en un puerto cantábrico, se oponía a la orden del capitán de salir a mar abierta porque, marino viejo, sabía que se avecinaba una gran tormenta. Se impuso el criterio del capitán, ¡no podía ser de otra manera!, la galera de guerra zarpó y la tempestad la desmadejó, es decir, le cayó lo que pronosticaba el Pulpo, que desde entonces saltó a la fama y su mote se utiliza para referirse a las tempestades cotidianas: una riña, un castigo o lo que me ha pasado en el supermercado en esta mi primera mañana de vacaciones.

El caso es que salía del comercio con mi compra en el carrito, por cierto, un carrito cuatro por cuatro plegable y de doble tracción muy chulo, de rayas verdes y blancas que compré en Nartallo hace dos veranos. Pues eso, que salía del súper y de pronto saltó la alarma: un estridente pitido que me paralizó y que provocó que cajeras, clientes y guardias de seguridad dejaran lo que estaban haciendo y bien me miraran asustados como si el mismísimo Bin Laden saliera del local cargado de misiles, bien corrieran hacia mí como si escapara Rufufú por la puerta cargado con un botín de diamantes.

Me abrieron el carrito vilagarciano y descubrieron que mi botín era solo de joyas alimenticias: la fruta, la leche, las patatas grasientas, una botella de vino... «¡Ah, no se preocupe, es el vino!», me tranquilizó un guardia de seguridad. «¿El albariño? ¿Tan importante es este vino que pita aunque ya lo haya pagado?», manifesté mi extrañeza con un punto de orgullo, elucubrando, con un toque chauvinista, que el Rías Baixas es un vino de tanta calidad que, cuando lo compras en un supermercado de Cáceres, salta la alarma para avisar a la concurrencia de que un cliente se lleva un vino distinguido. Pero el segurata aplacó mi entusiasmo con una explicación prosaica y funcional: «No, no es eso. Es que a los vinos buenos les ponemos alarma y a esta botella, aunque se la han quitado en la caja, le ha quedado el rastro. Tranquilo, puede usted salir».

Aquellos pioneros

Y salí tranquilo, pero en el camino a casa, se me vino encima la memoria y la nostalgia y repasé la historia sentimental del albariño. ¡Cómo han cambiado las cosas! ¿Se acuerdan de cuando el albariño era un vino de batalla? Hace 30 años, todavía se servía en botellas sin etiquetar. Lo tomábamos en bares que solo conocían los entendidos y ya he contado aquí cómo mis compañeros de instituto (Elías, Alonso, Celso, Pazos) me llevaban algunas tardes al salir de clase (entonces había clase por las tardes) a la de Avelino, en Vilaxoán, a picar un poco de queso holandés de contrabando, traído por los marinos descendientes del Pulpo, y un vino dorado que no había probado en mi vida y que tenía un nombre precioso: albariño, así, en general, sin marca ni origen.

En la taberna Casa Germán de la calle del hospital de Cambados, Germán Pintos, de los Pintos de Cabanelas, y Josefa Vilas, de los Vilas de O Cruceiro, tenían ya en 1928 un barrilito de albariño para los clientes sabios. Hace 70 años, según me contaba Ramón, el hijo de Germán, empezó a embotellarse. En los años 50, Casa Germán fue el primer bar donde se comenzó a servir el albariño en copa. «Lo habíamos empezado a servir en taza y luego en copas de vino español», recordaba Germán.

El salto desde la taza

El salto de la taza a la copa marca un antes y un después. Nunca olvidaré un reportaje que fui a hacer a Ribadavia por el mosqueo que tenían los productores de ribeiro. «Estamos hartos de los folletos turísticos que hace la Xunta: en una foto ponen una taza con ribeiro y hablan de un vino popular para chatear con los amigos y luego viene una foto con copa de cristal y albariño y en el pie se refieren a un vino lujoso para cenar con tu pareja», se quejaban.

Ramón Pintos y su mujer, Josefa Núñez, empezaron a dignificar el albariño. Hoy, ya ven, es el vino blanco más prestigioso de España y en el Día de mi barrio, un humilde supermercado de Cáceres, tienen un estante lleno de vinos de O Salnés y hasta les ponen alarma porque son una tentación.

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