Galego en casa, castellano en Zao

Aprendí «lingua galega» con la gramática de Carvalho Calero y arrastro un desbarajuste


redacción / la voz

En septiembre de 1981, llegué al Instituto de Fontecarmoa con 24 años y dispuesto a comerme el mundo. Para ayudarme a comérmelo, Elías Lamelas, el director, me nombró responsable de actividades culturales y yo, entusiasmado, me dediqué en cuerpo y alma a preparar un denso programa de actos, que anuncié con grandes letras en inmensas cartulinas y presenté feliz y desarmado en el primer claustro del curso. El caso es que mis compañeros me dieron caña hasta en el cielo de la boca, mi trabajo fue muy criticado y me hundieron anímicamente. La causa de aquel fracaso no era otra que haber escrito todos los carteles en castellano.

De aquella experiencia aprendí de una tacada a ser gallego: debía ser prudente y debía aprender el idioma. Al siguiente claustro de profesores, ya no fui tan eufórico, sino literalmente acongojado. Tanto que tomé, por primera y única vez en mi vida, un Valium. No hubiera hecho falta porque mis compañeros me trataron mejor. La razón es que había aprendido gallego de manera intensiva y los carteles estaban escritos como tenía que ser. Solo algunos pusieron peros porque era un gallego un poco raro, un poco portugués, me dijeron.

Tenían razón. Para aprender gallego, en lugar de dejarme aconsejar por los entendidos en el tema, a los que no recurrí porque eran quienes me habían metido estopa en el claustro y me daban un poco de miedo, había comprado, resumido y estudiado por mi cuenta dos libros sobre gramática y léxico gallegos. ¿Cuál era el problema? Muy sencillo: el autor de aquellos libros era don Ricardo Carvalho Calero y yo había aprendido galego reintegracionista cuando ya estaba claro que la norma lusista no tenía ningún futuro.

¿Pero qué demonios iba a saber un muchacho de Cáceres recién llegado a Galicia de normas oficiales y normas reintegracionistas? Yo había visto aquellos libros, me habían parecido interesantes, los había resumido y allí estaba, cometiendo un error para toda la vida: desde entonces, mezclo normas y me hago un lío, pero le tengo cariño a aquellos tratados y a don Ricardo Carvalho Calero, a quien van a dedicar, por fin, el Día das Letras Galegas del año 2020 y yo lo celebro, aunque por culpa de sus libros arrastre un desbarajuste idiomático que nunca superaré.

Ya notaba yo algo raro cuando empecé a hablar aquel gallego de ascendencia portuguesa. Porque en cuanto lo aprendí, me lancé a hablarlo sin miedo ninguno -soy bueno para los idiomas más por desvergüenza que por conocimiento-. Recuerdo que en una leira de Ribadumia, saludé a una viejecita que recogía margaritas. «¿Collendo froles?», me hice el simpático en mi gallego particular. Y ella respondió en perfecto castellano: «Ya ve, señor, aquí, en el campo, que se está muy bien». Extrañado, le dije que por qué no me respondía en gallego si yo le hablaba en su lengua y ella me aclaró la situación: «Es que habla usted un gallego muy raro. Como es usted de Madrid...».

Una cosa es que llamara «froles» a las flores y otra que por esa razón fuera madrileño. La señora me dio la misma explicación que un niño meses después en un ascensor. Entré en el elevador, saludé en gallego y el niño le dijo a la madre: «Mamá, fala galego, non é madrileño». La anciana y el niño razonaron igual cuando quise entender: «Es que lleva usted gafas y los de Madrid suelen llevar gafas».

No era fácil para un extremeño hablar gallego a finales del siglo XX. Cuando lo empleaba en el instituto, ya fuera en el Bouza Brey o en el Armando Cotarelo Valledor, algunos compañeros me decían que no cambiara de idioma, que hablaba muy bien castellano, como si no se sintieran orgullosos de su lengua materna. A nuestros alumnos, en aquellos años, les pasaba algo muy parecido. En las encuestas que hacíamos, respondían que hablaban gallego en casa y con la familia, pero que a medida que se alejaban de casa, se pasaban al castellano y, desde luego, cuando iban a la discoteca Zao, no se les ocurría emplear el gallego para ligar ni de broma.

A finales de los 90, La Voz me envió de corresponsal al Val do Xálima, en la esquina noroccidental de la provincia de Cáceres, un enclave formado por tres pueblos (Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo) donde se habla A Fala, una lengua con rasgos leoneses, portugueses y, sobre todo, gallegos que los lugareños emplean con orgullo en casa, en el instituto y en la discoteca. Me emocionó aquella actitud y en el reportaje que escribí los puse como ejemplo a seguir de quien ama su lengua y la emplea sin complejos.

Ahora, cuando me enfado conmigo mismo, me hablo en gallego reintegracionista; cuando voy a Portugal, les hablo en el gallego de Carvalho Calero, aunque no me entienden y me dicen que si soy rumano. Pero a mí me da igual. Esa lengua es mi lengua porque marcó unos años de mi vida y fui feliz aprendiéndola y hablándola. Tan feliz como me siento sabiendo que, al séptimo intento, la Real Academia Galega ha decidido dedicar el Día das Letras Galegas del año que viene a don Ricardo, el profesor que me ayudó a ser un gallego con gafas.

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