Un gorrón en Vilagarcía

Los tenderos de toda la vida fiaban a los clientes y era muy común que te invitaran en los bares


J.R. Alonso de la Torre

Llegué a Vilagarcía con 24 años recién cumplidos, una mano delante y la otra no se sabe dónde y un sueldo de profesor de antes de las huelgas contra Maragall, es decir, que no podías decir que pasaras más hambre que un maestro, pero siempre que comieras muchos productos congelados, muchos espaguetis con tomate y mucho hígado de cerdo. Como me había casado el día antes de venir, tenía dinero para comprar un colchón, un somier y una almohada en Saavedra y una cocina sin horno, una lavadora y una nevera en lo de Cholín. Fue ahí, en Cholín, donde empecé a sospechar que había llegado a una tierra de gente generosa porque el bueno de Cholín me vendió los electrodomésticos a plazos sin pedir avales ni informes.

No todo el mundo era bueno, claro está, porque me alquilaron un piso en Os Durán que se llevaba un tercio de mi sueldo, era todo interior y no solo no funcionaba la calefacción, sino que carecía de cédula de habitabilidad y no nos podían traer a casa las bombonas de butano. En la plaza, las pescaderas eran mujeres de ideas fijas y una de ellas era que si querías comer merluza, te la tenías que llevar entera y no te la preparaban, con lo que si algún sábado me podía la locura y compraba merluza fresca, ya sabía que pasaría apuros a final de mes.

Tuvo que venir a la plaza un paisano de Badajoz para que cambiaran los hábitos. Aquel pescadero revolucionó el mercado porque traía merluza del Gran Sol a mitad de precio que la de la ría y si querías dos rodajas, te partía dos rodajas y punto. Gracias a él, empecé a comer merluza fresca sin que me temblara el bolsillo. Es verdad que no era merluza de la ría, pero como ustedes entenderán, es difícil que un extremeño distinga entre una merluza del Gran Sol y otra de Arousa, con diferenciar la fresca de la congelada ya me sobraba.

Cuando los profesores ganamos la gran huelga de la enseñanza al gobierno de Felipe González, todo cambió y empezamos a respirar a fin de mes. Hasta esa victoria, había que contar cada peseta para no despeñarse. Pero yo no me quejaba pues, como ya he dicho, había venido, sin sospecharlo, a un lugar de gente generosa y enseguida descubrí que mis nuevos amigos de Vilagarcía, mayores que yo y con la vida ya encauzada, me habían cogido cariño y eso se traducía en que me invitaban a todo: me llevaban a Lois a comer pimientos y tortilla y a beber albariño, a la de Avelino en Vilaxoán a comer queso holandés de contrabando y beber albariño, a Catoira a tomar cigalas sobrantes de las bodas del fin de semana, también con albariño. Y así, gracias a gente tan generosa, fui conociendo la gastronomía de O Salnés.

Cuando empecé a escribir en La Voz de Galicia, recuerdo que el delegado del periódico en Santiago, Xosé López Morgan, una de las mejores personas que he conocido en esta vida, pagaba siempre los cafés. Me daba vergüenza aprovecharme de tanta esplendidez, pero era una incomprensible ley no escrita. «Como es el jefe, paga él», me decían los becarios de La Voz. Puede ser, pero siempre he pensado que nos aprovechábamos de la bondad paternal de Morgan.

En 1987, me tocó ser tribunal de oposiciones en Lugo y pasé un mes de julio a cuerpo de rey. Nos alojábamos en el mejor hotel de la ciudad y mis compañeras de tribunal eran unas señoras con posibles casadas con empresarios, médicos y catedráticos que se reían mucho con mis tonterías y, a cambio de hacerlas reír, me invitaban a comer lo mejor de Lugo, que es lo mismo que decir lo mejor del mundo. Con ellas, gorroneando, probé por primera y única vez el caviar ruso, comí angulas, almejas gigantes, cogotes de merluza, foie francés, chuletones de Chantada y solomillos de porco celta.

Ha pasado mucho tiempo de aquello, pero esos años de gorrón en Vilagarcía me han marcado y me han educado para ahora, ya sin hijos que criar ni hipotecas que pagar, ser yo quien ejerza de señor instalado que paga los cafés. Cada vez que pido la cuenta, me siento un tío maduro que supera un trauma.

Otra espina clavada

Tenía otra espina clavada que quise sacarme el último verano. Resulta que aquellos amigos de economía desahogada pasaban algunos fines de semana en el decadente Gran Hotel de Buçaco. Dormir allí era carísimo así que me conformaba con escuchar su descripción. El año pasado, reservé con nueve meses de antelación una habitación a buen precio en aquel palacio portugués. Iba a superar otro trauma, pero no. La noche reservada hizo 30 grados de mínima, en la habitación no había aire acondicionado y los clientes no eran la elegante clase media acomodada de Vilagarcía, sino nuevos ricos rusos que bebían champán francés en camiseta y toqueteaban con sus manazas los cruasanes y el pan del bufé del desayuno para escoger las piezas más crujientes. Hay que tener cuidado con el pasado: a veces es bueno recuperarlo porque se muestra pedagógico y te enseña a comportarte y a veces es mejor dejarlo encerrado en el baúl de la memoria.

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