El Ulla es un río que da miedo

Hoy se celebra en Pontecesures la fiesta de la lamprea, un pez inquietante que no es pez


redacción / la voz

No es fácil comer lamprea. En O Salnés, sí se come en bastantes restaurantes, pero fuera de Galicia, ni se come ni se conoce. Cerca de mi casa en Cáceres, el único restaurante que la servía era el Praça Velha de Castelo Branco (Portugal), pero cerró hace un par de años y hoy, si quiero lamprea, o viajo a Madrid, donde me costará a precio de caviar, o subo a Galicia, donde tengo mis restaurantes favoritos en Catoira y en Cesures.

Descubrí la lamprea hace 40 años y me fascinó. Jamás había oído hablar de ese bicho tan feo, pero en cuanto le di el primer bocado, no dejé de sentir una especial atracción hacia él. Comer lamprea era un rito anual que llegaba cuando el invierno se acercaba a la primavera y que se sustanciaba en una comida dominical con su salsa espesa y oscura, sus picatostes y su arroz. Y así, año tras año, a partir de enero, el invierno se superaba sin menoscabo a base de lampreas y cocidos, también de angulas hasta que en los 90 se pusieron a un precio imposible.

En la vida se hacen cosas que sabes que, normalmente, no se volverán a repetir. Entre esas actividades únicas, la más rara y la que sé que nunca más tendré la dicha de disfrutar fue cuando ejercí de jurado en la fiesta de la lamprea de Pontecesures. Mi trabajo consistía en sentarme en una plaza, en un estrado, ante una larga mesa, delante de todo el pueblo, que se disponía a asistir al espectáculo inenarrable de ver cómo media docena de señores y señoras comían lampreas cocinadas y las juzgaban.

En aquel jurado estaban un hermano de Camilo José Cela, Bernal el periodista, una tía de Pepe Domingo Castaño, alguien más que no recuerdo y un servidor. Retransmitía en directo Luis Rial y el certamen consistía en que diversas cocineras de Cesures nos hacían llegar sus platos de lamprea. Nosotros los probábamos y los puntuábamos.

Sin mover un músculo

Cesures entero asistía a aquella ceremonia que más bien parecía una partida de póker. Procurabas no mover ni un músculo, no delatar si te gustaban o no. Así que masticábamos muy circunspectos un bocado detrás de otro, componiendo gestos de gastrónomos expertos en lamprea y entrecerrando párpados, frunciendo cejas y paladeando ostensiblemente para que el pueblo de Cesures, todo el pueblo de Cesures, supiera que éramos un jurado serio, sabio e independiente.

Aquella fue mi primera experiencia como jurado gastronómico, una actividad en la que me siento siempre un impostor pues no soy experto en casi nada, simplemente sé si me gusta mucho o me gusta poco. Esa impostura la ejerzo cada año como jurado de torta del Casar y de quesos de cabra de Acehúche, también baremo concursos de cortadores de jamón y de tapas de morcilla patatera. De juzgador de setas actúe en Vilagarcía y he puntuado también aceites y tortillas de patatas. En todos los casos, lo importante es aparentar seriedad y concentración al tiempo que se procura adoptar una pose y un gesto trascendentes, como si más que evaluar una tapa de morcilla con calabaza estuvieras juzgando a un opositor a notarías.

Sin apetito durante 36 horas

Pero nada como aquel concurso de lamprea con mil cesureños atentos a cualquier señal que indicara una preferencia. No recuerdo quién ganó, sí recuerdo que comimos 24 platos de lamprea, también recuerdo que luego nos invitaron a cenar, naturalmente, lamprea, y no olvido que, aunque no enfermé del estómago ni sentí empacho, perdí el apetito durante 36 horas y no probé bocado al día siguiente.

Este fin de semana se celebra en Cesures la fiesta de la lamprea. Ahora es todo muy moderno. No creo que se repita el espectáculo de seis jurados comiendo 24 lampreas durante toda una tarde ante un millar de espectadores. Ahora hay una actividad de nombre moderno y ocurrente: TapeaLamprea. Se pueden degustar tapas a la bordelesa con arroz y picatostes al módico precio de 10 euros (la lamprea es escasa, única y cara) y habrá jurado, pero será popular, o sea, todo el que quiera, para elegir la mejor tapa.

La lamprea, además de fea y de prepararse de manera truculenta en su propia sangre, es un plato inquietante por sus connotaciones misteriosas: llega desde las profundidades, remonta el Ulla, es apresada en pesqueiras medievales que tenían un reparto secular: una parte para el convento de Herbón, otra para los nobles… La vendían señoras por las calles de Compostela, que las limpiaban con destreza para que no se estropearan.

El misterio y las

pesqueiras

 

Atraído por su misterio, fui a conocer las pesqueiras del Ulla y sus pescadores y descubrí la barca de los cadáveres, que estaba amarrada en un recodo del río y se utilizaba para llevar a los muertos de la orilla sur del río hasta la orilla norte con el fin de enterrarlos en el cementerio de la parroquia de Herbón. Era una barca con las medidas propias de un féretro y allí seguía, en el Ulla, a un paso del monasterio franciscano, certificando el misterio de un río lleno de muretes de piedra milenarios que ya existían en la época romana, remontado por peces que no son peces, navegado por barcas funerarias tripuladas por cadáveres.

Con el hermano de Cela y la tía de Pepe Domingo Castaño, comí 24 lampreas ante todo el pueblo

En un recodo del río estaba amarrada la barca que trasladaba a los cadáveres

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