La vergüenza de pedir las sobras

Hace 25 años, en Vilagarcía ya se entregaba a los clientes de los restaurantes la comida sobrante


redacción / la voz

Se llama Pequeno y es verdad: tiene pocas mesas y, a veces, o reservas o no comes. También se llama Bar, pero esto es mentira: se trata de un restaurante, es más, se trata del único restaurante-restaurante de Vilagarcía. Precisemos: del centro de Vilagarcía. Entre O Ramal y Procoarsa hay taperías, churrascos y muchos locales donde comer bien, pero el único restaurante en sentido estricto es este Pequeno Bar situado en la Alameda.

Me gusta este restaurante porque resiste sin haberse reconvertido en tapería ni gastroteca, sin haber diversificado su oferta con zona de bar. Ya estaba en los 80 y ahí sigue camino del 2020. El Pequeno Bar se mantiene, además, fiel a las esencias: uno viene a Vilagarcía a comer pescado y marisco, pulpo y buena carne de ternera y en el Pequeno Bar encuentra esos productos sin disimulos, afeites ni engaños.

También me gusta el estilo inconfundible e inmutable del servicio. Es una ceremonia que se repite cada mediodía y cada noche desde hace lustros: el maître se acerca a tu mesa, se inclina y casi te musita al oído una salmodia gastronómica con su inconfundible voz suave y un acento musical muy particular: «Hoy tenemos una sopa de pescado buenísima, un pulpo riquísimo, unos buenos camarones de la ría, el rape es fresquísimo y luego el jarrete de siempre, la merluza, el salpicón...».

Nunca entendí muy bien que en el meollo urbano de Vilagarcía solo funcionara como restaurante, exclusivamente como restaurante, este local tan singular, donde no caben las sorpresas: sabes a lo que vas, sabes lo que vas a pagar y sabes que no va a fallar. Es decir, tiene carácter de ritual: la seguridad de lo doméstico, de lo consabido, de lo repetido. Mientras sigan existiendo A Baldosa, el quiosco de periódicos de Pampín, el Obelisco, los Pepes, la carnicería de Ramonita y el Pequeno Bar, Vilagarcía seguirá siendo Vilagarcía.

Este restaurante-restaurante, aunque garantice solidez, clasicismo y seguridad sin aventuras, nunca se negó a las novedades sensatas y ya fuera el mejor albariño embotellado, ya fuera el pago con tarjetas. Siempre estuvo a la altura de los tiempos, aunque sus sillas sigan teniendo el aire del elegante recibidor de nuestras madres, su vajilla no se ande con geometrías imposibles ni zarandajas: platos blancos y redondos, bandejas con delicadas cenefas... Y la blancura de los manteles, y la cristalería correcta, y la cubertería de casa burguesa...

Fue en el Pequeno Bar donde vi por primera vez realizar una operación que hoy es normal y que en estos días está despertando cierta polémica. Se trata de la operación, cada vez más habitual, de llevarse a casa las sobras de lo que has comido en un restaurante. Sucedió a mediados de los 90 y yo comía en soledad en el Pequeno Bar. En la mesa de al lado, una pareja de turistas no era capaz de acabar el jarrete con patatas fritas panadera y preguntó al maître si se podían llevar aquella comida tan rica para cenarla en su apartamento esa noche.

No era común esa petición en aquellos años e incluso había quien opinaba que se trataba de un detalle de mal gusto y de una ordinariez. Pero lo cierto es que llevarse lo que has pagado entraña una lógica irrefutable y, más allá de vergüenzas y tonterías, la petición de la pareja de turistas era normal. Así lo entendieron en el Pequeno Bar, donde, al instante, el jarrete y las patatas fueron convenientemente empaquetados y entregados a los clientes con la cuenta.

Aquella fue la primera vez y me llamó la atención por lo inusitado, pero después, lo de llevarse las sobras se ha convertido en algo tan habitual que casi todos los restaurantes tienen en su alacena recipientes preparados para atender a esta petición de sus clientes. Cuando entre en vigor en Galicia la nueva Lei de Residuos e Solos Contaminados, los restaurantes estarán obligados a entregar a sus clientes los restos de comida no consumida.

Distintas reacciones

Llaman la atención las reacciones entre los hosteleros gallegos. Por un lado, los chefs de restaurantes más de vanguardia, normalmente de grandes ciudades, ponen peros a esta medida, mientras que en la ría, ya sean clásicos, ya sean «modernos», la opinión general es que se trata de una buena medida que ya llevaban a cabo.

Yo creo que no va a haber gran problema. En general, los restaurantes que ponen peros a lo estipulado en la nueva ley se caracterizan por la elaboración exquisita de sus platos, pero no por la cantidad, así que pocos clientes pedirán unas sobras que no sobran. Pero en Cambados, Vilagarcía, O Grove o Catoira, además del mimo en la cocina, la abundancia es sagrada y las sobras, lógicas. Y precisamente en la comarca de O Salnés es donde nadie pone peros a entregar las sobras al cliente y que este haga con ellas lo que desee por su cuenta y riesgo.

La última vez que comí en un furancho de Meaño, sobró media tortilla, medio plato de raxo y una buena porción de jamón asado. Nos lo llevamos perfectamente embalado a casa, y entonces recordé la primera vez que vi hacer aquello a dos turistas hace 25 años en un Pequeno Bar que era pequeño, pero no era bar.

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