«Las llaman chabolas, pero no lo son; son nuestro hogar y nos lo quieren tirar»

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MONICA IRAGO

Los dueños de las tres viviendas amenazadas por la piqueta piden al Concello y a la Xunta una solución

13 oct 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

«Nos dan tres meses para tirar la casa. Y solución, ninguna». Francisco Raúl dos Santos es el propietario de una de las tres viviendas del poblado de Berdón amenazadas de derribo. Él vive con su mujer y sus dos hijos en una casa en la que ha invertido mucho trabajo, muchos esfuerzos, todos sus ahorros. Es un edificio pequeño alrededor del cual la chatarra, el sustento de la familia, se amontona con orden. «No es un chalé. Cuando hablan los políticos la llaman chabola. Pero eso no es una chabola. Para nosotros es nuestro hogar y nos lo quieren tirar», cuenta él. Es un buen ejercicio de descripción. En medio del caos que reina en el poblado, el recinto habitado por este hombre y su familia destaca. Ocurre lo mismo con la casa situada enfrente. Pertenece a Manuel y Fernanda. Otro matrimonio con dos hijos que está a punto de ver como todo el esfuerzo realizado para construir su casa se volatiliza. Se convierte en escombros. «Estamos en abogados para intentar arreglar esto, pero dicen que está difícil», cuenta ella, con los ojos empañados de ansiedad. Y de incomprensión.

Porque estas familias no entienden cuál es el problema. En su día, «haciendo un esfuerzo muy grande para tener algo y para mejorar», compraron terrenos. Desconocían que por su catalogación, y por la proximidad de varios castros, las suyas eran tierras intocables urbanísticamente hablando. En sus fincas instalaron, primero, contenedores en los que subsistían como podían. «Nosotros vivíamos en un furgón, pero hace cuatro años nos dijeron que los niños no podían vivir así, que teníamos que cambiar», cuenta Manuel. Y entonces, él y su mujer se decidieron a dar el paso, invertir los ahorros de trece años, y empezar a construir su casa «para tener algo en la vida». Ahora la muestran, orgullosos. Una cocina, un salón y tres dormitorios.

Fernanda se disculpa porque no le ha dado tiempo «a acabar la faena». Pero su casa está limpia, incluso reluciente. Y la finca que la rodea, también. «Hasta tengo mi huerta», dice orgullosa. Y llama a una vecina, paya en este caso, para que sea testigo de que «esto está siempre así de arreglado». «Es una pena lo que le están haciendo a esta gente. Hay un montón de obras ilegales, y tienen que venir a tirarles la casa a ellos, con el esfuerzo que están haciendo», comenta la propietaria del jardín de al lado desde el otro lado de la pequeña valla.

«Ya sabemos que el poblado está sucio. Pero que multen a la gente que tiene basura. Pero no es justo que les vayan a tirar las casas precisamente a quienes lo tienen todo limpio», dice el padre de Fernanda, tan angustiado como su propia hija. Él fue testigo de que «llegaban cartas, pero como no las entendíamos bien, no les hicimos caso. Hasta que nos llegó una que decía que teníamos tres meses para tirar la casa». Desde que la leyó, Fernanda apenas duerme.

Tampoco la mujer de Francisco, su vecina de enfrente, consigue pegar ojo. «Nos quieren tirar la casa en diciembre, en pleno invierno. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Para dónde vamos?», se pregunta. Ella y su marido aseguran que no tienen opciones. «La solución que me da el Concello es que me busque un piso y que nos ayudan a pagarlo tres meses», relata Fran. Lo han intentado, «pero no es tan fácil». «Un piso no es para nosotros. Por eso buscamos una casa. Y por teléfono todo muy bien, pero en cuanto nos vieron se acabó. Nadie quiere a alquilar a un gitano, esto es así», relata él. Además, dice, «¿de dónde íbamos a sacar el dinero para pagar cuando se nos acabase la ayuda?». Su mujer, al lado, atiende a sus palabras, y toma el relevo a su marido en cuando este se detiene. «Alguna solución nos tienen que dar. Nos da igual cual, aunque sea una casa en ruinas», explota. «Antes andábamos por ahí, en camiones. Ahora conseguimos establecernos, pero parece que quieren que volvamos a los camiones, que no vayamos para adelante».

Regularización

Los vecinos de Berdón consideran que si las administraciones quisiesen arreglar de verdad los problemas del poblado, lo harían. Bastaría, dicen, con que se sancionase a quienes lo llenan todo de suciedad y chatarra. «Nos dijeron que lo iban a hacer. Que iba a venir la policía a poner multas. Y nunca vino la policía». También pidieron que se pintase una línea amarilla en la pista que cruza el poblado «porque algún día va a acabar muriendo un niño, y tampoco». Y el saneamiento mucho menos. «Dicen que quieren acabar con el chabolismo. Pero así no van a acabar con él. Porque como no nos van a dar soluciones, nos tirarán la casa, pero volveremos para aquí en camiones, como están otros».

Un poblado en situación irregular y que en las últimas semanas ha crecido

El poblado es un lugar en el que la ley urbanística nunca ha sido tenida en cuenta. Pero desde hace unos años, los ojos de la administración se volvieron hacia el monte en el que se habían instalado muchas de las familias que, años antes, habían sido expulsadas de Guillán. «Nos dijeron que allí no podíamos estar, nos mandaron para aquí, y ahora otra vez nos quieren echar». De momento, la piqueta amenaza a tres viviendas, pero pronto podría extenderse el problema a una quincena de casas construidas después de 2010. «Y la gente que las tiene de antes ya también está preocupada con lo que puede pasar». La llegada, en las últimas semanas, de nuevas familias ha complicado las relaciones con los vecinos de A Torre y Trabanca. Y de los posibles realojos, nada se sabe.