Al cáncer también se le combate hablando

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

ramón leiro

Escuchar a enfermos oncológicos y a sus familias. Esa es la misión de Paz y Andrés, psicólogo y voluntaria de la AECC

02 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Las vidas de Enrique Casas y Paz González posiblemente tengan poco que ver. Tienen diferentes edades, intereses, gustos e historias... Pero comparten bastante más de lo que parece. Los dos están ligados a la Asociación Española contra el Cáncer. Él trabaja como psicólogo y ella forma parte de la red de personas voluntarias. Hacen trabajos muy distintos. Pero con una misma meta: que los enfermos oncológicos y sus familias tengan un oído que les escuche. Los dos son una especie de paño de lágrimas. Y los dos demuestran que hablar también podría prescribirse médicamente como una manera más de combatir el cáncer. Se charla con ellos por separado y, sorprendentemente, cuentan cosas muy parecidas sobre la necesidad que sienten pacientes y familiares de desahogarse.

Paz González, aunque natural de San Xurxo de Sacos, es madrileña y enfermera. El cáncer le entró por la puerta de casa un día de 1996, cuando su marido enfermó. Empezaron a pelear juntos para hacerle frente a la enfermedad. La batalla fue larga. «Estuvo muy mal, con muchísimas complicaciones, tuvo alguna noche que pensamos que moría. Pero ahí está... Hay quien le llama el resucitado», dice ella con una sonrisa. Salió adelante. Y ambos decidieron cambiar completamente de vida. Ella pidió una excedencia en el hospital La Paz, donde trabajaba, él se prejubiló y se vinieron a vivir a Sanxenxo, a Nanín, donde llevan ya doce años.

Tras resistir durante los tratamientos de su marido, tras ser fuerte cuando tocaba serlo, Paz reconoce que se vino abajo. «Tuve que tomar tratamiento porque psicológicamente me hundí. Me llegué a ver desbordada después de tres meses con mi marido en el hospital», dice. Conforme su salud fue mejorando, se fue dando cuenta de que lo que ella tanto había necesitado era desahogarse, y entró en acción. Se formó y pasó a ser voluntaria de la Asociación Española contra el Cáncer en Pontevedra. Y empezó a ir al hospital a visitar enfermos y familias. O a desplazarse a domicilios con la misma meta. Escucha historias duras. Algunas con final feliz. Otras que acaban de la peor de las maneras. De ahí que sorprenda la frase con la que comienza a hablar de su labor: «Me da más de lo que yo doy, el agradecimiento que recibes de los enfermos y de sus familias es impresionante», señala.

El día del tratamiento

Paz logra explicar bien lo que hace. Habla, por ejemplo, de todas esas mañanas en las que llega al hospital provincial pontevedrés y escucha a quienes acuden a ponerse tratamiento por primera vez. «Hay muchas personas que llegan asustadas ante la quimioterapia, y es normal que sea así. Les escuchas y les tranquilizas», explica. Dice que lo llevan peor los jóvenes, a los que es más difícil darles consuelo. Luego, conforme va contando anécdotas, uno intuye que su labor, y la de las otros once voluntarios que trabajan con ella, va más allá de escuchar. También se ocupan de cubrir todos los problemas que van sumándose y sumándose cuando una persona tiene una enfermedad tan grave. No da nombres, por supuesto. Pero sí cuenta historias. Recuerda, por ejemplo, de una mujer que, además de tener que hacerle frente a un tumor, se enfrentó al abandono de su pareja. «Tenía un cáncer de mama y se echaba la culpa del abandono que sufría, fue una historia que me marcó muchísimo, y me alegré mucho de que poco a poco esta persona se fuese animando». Habla de otro hombre, de un anciano, de cuya historia no se olvida: «Estaba, a sus noventa años, cuidando a un nieto enfermo. En ese caso, por ejemplo, si vemos una necesidad tan grande, avisamos para que tenga una atención especial».

Las historias que recuerdan son tan tristes que no se entiende bien que, tras sufrir el cáncer en casa, Paz quiera seguir en íntimo contacto con él. Pero entonces habla de José, de Moraña, y se le ilumina la cara. Se nota que sí se lleva grandes alegrías: «Este hombre lleva tres años con la quimio, yo le digo que es mi novio más fiel. Siempre me da unos abrazos al verme... es tan agradecido. Ahí es donde ves que a veces que alguien te escuche es vital, porque él siempre quiere que las voluntarias le atendamos».

Paz también acude a paliativos. Allí las cosas son más duras. Y, entonces, lo que hace es apoyar a las familias. «Desde quedarme un ratito con los enfermos mientras se toman un respiro a lo que haga falta», señala. Pronuncia esa frase ya casi levantándose del asiento: «Me marcho de nuevo al hospital, voy a ver a otra familia. Hay tanta gente que lo necesita...», remata.

Oportunidad laboral

Se marcha ella y llega Enrique Casas. Él tampoco para en toda la mañana. Es psicólogo de la AECC. Segoviano, vino a Pontevedra porque quería trabajar con enfermos oncológicos y familiares. «En la carrera había hecho unas prácticas en oncología, y me gustó. Así que vine aquí por esta oportunidad laboral», cuenta. Lleva ya cuatro años de experiencia. Atiende en Pontevedra y en todo O Salnés. Al principio, habla en genérico. Cuenta que son muchas las personas que necesitan apoyo para gestionar psicológicamente que tienen cáncer, para aceptar que sus seres queridos estén enfermos o, también, para transmitirle a los niños lo que les está ocurriendo. A veces le toca también ayudar a superar duelos y ausencias.

Poco a poco, Enrique va singularizando las historias. Habla de una pareja con cáncer ambos. Se murió uno de ellos y al otro le tocó seguir peleando contra la enfermedad y superar el duelo a la vez. «Es todo muy duro, pero hablas con la persona, y poco a poco vas viendo mejoría, se rebaja el agobio y está mucho más contenta, y eso te da una satisfacción tremenda», señala. Dice que nadie es de hielo y que no es fácil marcharse a casa y olvidarse de todas esos dramas. Lo mismo cuenta Paz. Pero ambos llegan a una conclusión. Gracias a lo que escuchan, tienen claras las prioridades. Y saben que lo mejor siempre es el presente.