(De) formación profesional


uando yo era joven, el panorama educativo era menos complicado que ahora. Aunque el acceso a la educación básica estaba razonablemente extendido, muchos estudiantes no terminaban y accedían inmediatamente al mundo laboral o doméstico, en función de si eran ellos o ellas. De los que conseguían terminar esa fase, una buena parte, los «listos», accedía al bachillerato, mientras que los «menos listos» ocupaban los puestos de las escuelas de artes y oficios o de formación profesional.

Lo que molaba era hacer bachillerato. El otro mundo era el lado oscuro, un ámbito de monos de trabajo y manos sucias, sin ningún glamur. Sin duda había personas con ganas de ser torneros, pero, con más frecuencia de la deseada, la clientela de FP estaba formada por los que «no daban para más».

En las dos última décadas tuvo lugar -afortunadamente- un proceso de dignificación social de la formación profesional, acompañada de fuertes inversiones y del establecimiento de una muy amplia oferta de titulaciones. Incluso, durante algunos años, muchas personas descubrieron que, a corto o medio plazo, era más rentable que los estudios universitarios, porque la inserción laboral era más rápida y fácil que por la otra vía.

C Pero -siempre hay un «pero»-, llegó la crisis con su aluvión de recortes y restricciones, y la educación volvió a ser campo de experimentación de los iluminados del momento.

La LOMCE, bajo el paraguas de términos que suenan muy bien, como «excelencia», nos cuela de rondón la vieja distinción entre listos y tontos, y obliga a elegir a los quince años el itinerario que lleva a bachiller o a FP, y nos propone una FP básica llena de contenidos académicos para las personas que aborrecen los contenidos. Vamos mejorando.

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