Un inventor de juguetes que también da forma a los santos

María Hermida
maría hermida PONTEVEDRA / LA VOZ

AROUSA

Jesús Barreiro, con algunos de sus juguetes, que de momento no tuvieron éxito comercial.
Jesús Barreiro, con algunos de sus juguetes, que de momento no tuvieron éxito comercial. RAMÓN LEIRO

Jesús lo mismo hace con sus manos una diminuta máquina elevadora de madera que una imagen de la virgen de los Milagros

23 abr 2016 . Actualizado a las 09:48 h.

«Hai que buscarse a vida». Esa frase que pronuncia Jesús Barreiro quizás sea la clave para entender toda su historia. Lo que pasa que hay formas y formas de ganarse el pan. Y la de Jesús, o Suso, un restaurador pontevedrés que frisa la cuarentena, es una manera bien creativa de buscarse las habichuelas reinventándose a sí mismo y a su oficio. Jesús es un creador en el sentido más amplio de la palabra, un afortunado por partida doble, ya que tiene una mente capaz de imaginar objetos distintos que, encima, sus manos logran hacer. El artesano que lleva dentro hizo desde réplicas en madera o mortero de imágenes religiosas a juguetes únicos, joyeros un tanto especiales o incluso instrumentos para hacer sonar música flamenca.

Jesús, aunque con raíces de las Terras de Montes, es pontevedrés. En su ciudad estudió Restauración. Y en los primeros años tras su paso por la escuela reconoce que no le faltó trabajo. «Daquela aínda non aparecera a crise e facíanse moitas cousas, sobre todo restauracións de retablos e de imaxes de santos», indica. Trabajó por ejemplo en la catedral de Ourense, reparando el retablo de la Quinta Angustia. O también en la pontevedresa iglesia de Santa María, donde le lavó la cara al retablo de San Miguel. Tenía una empresa para acceder a los concursos públicos que daban acceso a esas obras.

Una imagen más hermosa

En aquellos tiempos, también restauró distintas imágenes. E incluso las talló. Recuerda un caso curioso: «

Uns veciños encargáronme unha reprodución da Virxe do Leite, dunha imaxe moi antiga. Intentaran roubarlla e fíxenlles unha copia para poñela no seu lugar por se volvían os ladróns»,

cuenta. Y también, aunque habla con mucha prudencia e insiste en que no quiere dar muchos datos de sus clientes para no ofender a nadie, se acuerda de otra historia:

«Uns relixiosos encargáronme unha imaxe porque fixeran unha, en pedra, non quedara moi bonita e a xente non lle daba esmolas. Eu fíxena en madeira, policromada, e quedaron encantados coa nova talla».

Pero luego llegó la recesión, la Administración cortó el grifo de las restauraciones y el trabajo empezó a escasear. Así que Jesús vivió en sus carnes una reconversión laboral. «Empecei a centrarme na rehabilitación de casas, con materiais como a pedra ou a madeira. Agora mesmo estou reparando unha casa na Estrada», indica el hombre.

Ese mundo, el de la rehabilitación, también le permitió bucear en muchas historias. Por ejemplo, descubrió lo que contaban las paredes de una antigua construcción de piedra de Forcarei: «Rehabilitamos unha vella fábrica de fundición, un lugar moi particular, cun muíño moi grande. A verdade foi un traballo bonito».

En esas estaba, tratando de reinventarse como rehabilitador de casas, cuando se le ocurrió crear algo distinto para regalar a sus sobrinos en Navidad: «Fíxenlles uns xoguetes en madeira e a verdade é que lles gustaron moito». Así que pensó que quizás podía buscar por esa vía otra salida laboral. Llegó a tallar 30 entretenimientos completamente distintos; desde una máquina apiladora de troncos a una carretilla elevadora. Cada cual más elaborado y llamativo. Pero Jesús es sincero: tuvieron poca salida en el mercado.

Expuso y todavía expone sus juguetes en una tienda pontevedresa. Pero solo logró vender algunas piezas. Y las que fueron adquiridas tuvieron como destinatarios personas mayores que las compraron como objetos de colección. Y eso, a este inventor que para sí quisieran muchas casas de juguetes, le da algo de pena. Cree que a los pequeños les gustan. «Moitos páranse a miralos diante do escaparate», dice. Pero cree que quizás les parecen caros a los padres. Aunque lo cierto es que cuestan bastante menos que una videoconsola de las que proliferan en muchas casas donde hay críos.