La directora de orquesta rusa se enamoró de Pontevedra hace cinco años tras llegar de Ucrania con su hija
29 dic 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Natasha es muy rubia, tiene la piel blanca, unos claros ojos verde y se come algunos artículos determinados, pero se le entiende perfectamente cuando habla. Sin apenas arrugas, su rostro no cuenta la historia que esconde su marcado acento ucraniano mezclado con el gallego. Pero ella es rusa. Dice que en la antigua Unión Soviética la procedencia de uno no depende de dónde haya nacido. Ella habla ruso y es rusa, aunque naciera accidentalmente en Irán -donde sus padres trabajaban como ingenieros de minas de carbón- y viviera allí hasta los tres años. Incluso aunque su madre sea ucraniana y ella haya vivido allí casi toda su vida. «Tengo nacionalidad ucraniana y pasaporte, pero soy rusa». Su padre también, y de nacimiento, aunque también reside en Donetsk desde hace décadas.
Dos años después de regresar con sus padres a la ciudad ucraniana de la provincia de Kiev en la que ha pasado gran parte de su vida, Natalie Drozdovska empieza a tocar el piano. Termina los ocho años de grado elemental y entra directamente en la Facultad de Dirección de Coro, donde pasa otros cuatro. Al salir, con 19 años, empieza el conservatorio profesional bajo la tutela de uno de los grandes, Prokofiev, y después hace dos años de prácticas de Orquesta Sinfónica y Coro Académico para dirigir orquestas profesionales bajo la dirección del profesor Kofman, director de la Filarmónica de Kiev, y al salir trabaja como profesora y acompañante en un conservatorio profesional de Donetsk. «Con lo que me pagaban me llegaba solo para el tranvía, ir y volver, y lo dejé». Corría el año 1999 y Ucrania estaba arruinada, «no había ni pensiones ni salarios ni nada», cuenta Natasha. Entonces vivía de sus padres y de su marido, con quien se casó con 21 años, y con el que tuvo a su hija, Masha Kozlovska, que ahora tiene la misma edad que ella cuando contrajo matrimonio.
Con ayuda de su esposo abrió entonces una agencia turística. «Y, como sabes, artista no sabe estar quieta, así que empecé diseñadora de escaparates e interiores», profesión a la que se dedicó en cuerpo y alma durante quince años. Hizo un curso intensivo en un centro de privado de Moscú, «y seguí aprendiendo sobre la marcha». Se expresa con total soltura en español, a pesar de que solo lleva en el país cinco años. Casi exactos.
Llegó un 16 de dicimebre del 2010. El negocio le iba cada vez mejor. Había creado su propia firma: el Estudio de Natalie Drozdovska. «Nunca jamás puse ni anuncios ni nada, todo era boca a boca», tanto por su profesionalidad como porque tenía la oficina en pleno centro de la ciudad. «Mis clientes me querían, y conservé a algunos desde el principio de mi estudio hasta el final», dice, orgullosa. Hasta el punto de que la pasada primavera recibió una llamada desde Rusia. Era un antiguo cliente al que había diseñado un restaurante en el centro de Moscú hacía nueve años. Quería redecorarlo completamente y solo podía hacerlo Natasha. «No lo esperaba ni lo deseaba, solo fui por ir a Rusia», admite. Pasó allí todo el mes de julio y se volvió. No ha regresado a Ucrania desde que se fue. Como es una zona de conflicto -«caen bombas», explica al interlocutor que no entiende la gravedad de sus palabras- hay que pedir permiso para entrar en el país. Tardan meses en concederlo. «Además, ahora yo soy extranjera para ellos», lamenta antes de contar cómo hace para hablar con su padre por teléfono o por skype cada dos semanas o cada mes.
Las mafias y las presiones que empezaba a soportar tras alcanzar cierto prestigio la llevaron a pensar en su hija y en un futuro distinto para ella. Hacía seis años que se había divorciado, y la pequeña Masha tenía ya 17 años y quería estudiar en Barcelona. Había elegido español e inglés como idiomas en Bachillerato y se le daban tan bien que entró sin problemas en una facultad de Periodismo de Barcelona. Su madre cogió los ahorros que tenía y se vino con ella pensando en estudiar decoración. Pero era caro y no hablaba ni una sílaba de español -pensaba que «hola, ¿qué tal?» era una sola palabra que significaba un saludo y se extrañaba cuando la gente comenzaba a hablarle-, así que abandona la idea. Poco después de llegar a la ciudad Condal conoció a un pontevedrés que la trajo a conocer Galicia durante seis meses. Lo de Pontevedra fue un flechazo. Y aun dura. No regresó más a Barcelona. Como no le convalidan sus títulos académicos, empezó piano desde cero. Ya está en quinto.
Natasha no ha vuelto a su país, Ucrania, desde que llegó a España porque, al ser zona de conflicto, necesita un permiso especial que tarda meses
Fue la primera imagen de Pontevedra, llegando por la autopista, la que la enamoró. «Parecía una ciudad de cuento medieval», cuenta, aun impresionada