"Caminar", por Jesús Merino, profesor de Filosofía

Jesús Merino

AROUSA

Desde que el primer homínido se alzó sobre sus extremidades inferiores en la sabana africana hemos sido una especie caminadora. Seguramente la primera motivación fue una de las más básicas, saciar el hambre, pero una vez puestos le fuimos cogiendo el gusto, y así, mientras recolectábamos raíces o frutas empezamos a notar la punzada de la curiosidad. Parece que no podíamos evitar preguntarnos qué habría detrás de aquella colina o hacia dónde nos llevaría ese río. Y no hemos parado hasta que, por causa de eso que hemos llamado «desarrollo» nos hemos vuelto sedentarios y obesos. Ahora no necesitamos cazar ni buscar bayas, y nuestro interés por lo desconocido se sacia con las fotos de Facebook.

Aún así, en algunas ocasiones, el animal andariego que somos se resiste a quedarse varado en el sofá y nos lanza al camino. Paseamos, corremos, vagabundeamos, peregrinamos? y nos contamos toda clase de razones para hacerlo: que si el colesterol, que así estamos con las amigas, que si queremos ir a Santiago?

Sospecho que eso es lo menos importante. Andar es una de las más hermosas metáforas de la existencia humana. Antes de nuestro nacimiento, nuestros padres nos han soñado una trayectoria que luego seguiremos o rechazaremos. Exploramos nuestros territorios siguiendo las rutas más transitadas o buscando sendas desconocidas. Recorremos caminos iniciáticos porque no nos satisfacen las respuestas conocidas. Y desde que conocemos las aventuras del ingenioso Ulises sabemos que tan valioso como el destino es el trayecto, y esto sirve tanto para Ítaca como para Compostela.

Caminamos porque estamos vivos y porque en el recorrido no solo descubrimos nuevos paisajes sino que nos encontramos con nosotros mismos. Hay un sendero interior paralelo al que transitan nuestros pies. Atisbamos un destino íntimo superpuesto al que señalan los mapas.

Cada peregrinación es una aproximación a eso que los griegos llamaban el «no lugar». Galeano lo narró con esa sencillez que te deja estremecido: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar»