O Pousadoiro recupera su paisaje habitual tras la retirada de las lonas
10 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Siempre nos han contado -las películas estadounidenses son especialistas en ello- que levantar un campamento era sinónimo de tristeza. De mal cuerpo por la aventura a la que se le pone el obligado adiós. Ayer, por el contrario, la sensación era de alegría en O Pousadoiro cuando se empezaron a retirar lonas y estacas. Quizás porque hay campamentos y campamentos y al que ayer se le ponía punto y final era el campamento de la dignidad. Ese que durante cuatro meses se ha apostado enfrente de la entrada de Lantero. Muy al principio para controlar que la fábrica estuviera, al igual que la mayoría de sus trabajadores, parada de verdad; luego, para sonrojar a los que a ella entraban cuando otros estaban plantados ante la puerta; siempre, para recordar que, a veces, ganan quienes lo merecen.
Actividad desbordante
Esa zona cero de la huelga de Lantero desbordaba actividad ayer por la mañana. En un visto y no visto desaparecieron las lonas que dieron cobijo durante tantos días a los huelguistas. Las lonas, el futbolín, el asador reciclado en estufa de leña que utilizaron para encender fuego cuando llegó diciembre y el frío empezó a doler tanto como el orgullo... todos los elementos que se fueron agregando durante esos cuatro meses de pelea acabaron regresando a sus dueños o en un contenedor que a media mañana ya rebosaba.
El proceso, en realidad, fue la perfecta metáfora de lo que ha sucedido durante los 118 días de huelga. Ou todos ou ningún. Las manos eran muchas. Bien es verdad, que unas más duchas que otras en el manejo de las machadas. Andrés, por ejemplo, domina el arte de cortar la madera a la perfección. Así lo demostró y recibía por ello elogiosos comentarios de quienes observaban al mejor de los aizcolaris de Lantero a una prudencial distancia para evitar las astillas que a toda velocidad salían de las ramas quebradas. Con apenas tres golpes de hacha partía los troncos que habían hecho de vigas durante todo este tiempo, mientras que alguno de sus compañeros tenía más dificultades.
La aparición de una sierra mecánica aceleró el proceso. Cayeron bajo sus dientes palés, planchas y poderosas estacas. Entre corte y corte, alguna mirada furtiva hacia los vehículos que entraban en la fábrica. Algún camión y más de un coche con los guardas de seguridad que durante todo es tiempo han acompañado la presencia de los huelguistas ante Lantero al volante. Había también, lógico, las obligadas charlas. Con las anécdotas, inevitables tras tantos días de pelea, y las dudas de cómo se presentará el futuro. Las certezas de que resultará muy difícil que todo vuelva ser como antes. La resaca se prevé dura.
La caseta de obra
Al fondo de la calle, un electricista municipal desconectaba los cables que suministraron de corriente eléctrica a la caseta donde los trabajadores que montaban guardia cada noche. La caseta, la que fue la casa común durante estos cuatro meses de todos ellos, fue el último de los elementos que se marchó de O Pousadoiro. Dentro de ella viajan muchas horas de ilusiones y pelea. Y miles de partidas de cartas.