Querida empresaria, o emprendedora, como te llaman ahora de manera un poco pija: quiero que sepas desde el principio que cuentas con mi más rendida admiración, que no es incompatible con cierta envidia. Debo confesarte que siempre he tenido un cierto complejo de funcionario, así que puedes imaginarte cuánto valoro tu propósito de exponerte a la incertidumbre. Seguro que esto ya lo conoces, pero me gusta recordarte que, según el diccionario, «empresa» significa «acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo» y «emprender», «acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro». Suena verdaderamente heroico, ¿verdad? Recuerda a esos trasnochados protagonistas de las novelas de caballerías que se lanzaban a combatir la injusticia con el único apoyo de su honra y dignidad. Y es que el lenguaje es algo hermoso. Frente al estereotipo del «hombre de negocios» que solo busca el beneficio inmediato, recurriendo sin escrúpulos a procedimientos dudosos o directamente delictivos, emprender se plantea como una aventura incierta y apasionante. Te imagino pasando más de una noche en vela, haciendo planes, calculando costos, ideando estrategias, combatiendo miedos? y veo en ti y en tu decisión algo de lo mejor que tenemos los humanos. Porque no te has resignado a esperar que escampe, porque has tenido coraje e iniciativa, porque crees que tu idea, además de proporcionarte unos ingresos, puede ayudar a los que te rodean. Sé que también habrás tenido que escuchar más de un lamentable consejo patriarcal invitándote a dedicarte a otros asuntos. Pero has afrontado tus temores y tus dudas. Has asumido que tienes algo importante que hacer y decir. Y ahí estás. Por eso quiero dedicarte estas palabras de ánimo y de respeto. El éxito de tu tarea es una señal de esperanza para todos. Recibe mi cariño.