La comparación es inevitable. Matías Daporta, como el personaje de la película Billy Elliot, no paró hasta que consiguió cumplir su sueño: bailar. Iba para arquitecto -empezó los estudios en la Universidad de A Coruña- pero no aguantó ni medio curso. Ya había hecho sus pinitos con el baile cuando estaba en el instituto, en una escuela de danza de Vilagarcía, y así descubrió cuál era su verdadera vocación. De modo que poco después de aterrizar en la ciudad herculina «confesé» y le dijo a su familia que dejaba el arte de levantar edificios para dedicarse a otro arte, el de la expresión con el movimiento. «Allí conocí a Armando que fue un profesor increíble y me aconsejó ir a Madrid».
Matías no lo dudó esta vez. Hizo la maleta e inició los estudios de danza contemporánea, en los que invirtió cuatro años. Pero, una vez más, «se me quedaba corto», y decidió continuar su formación fuera de España. Su destino fue Ámsterdam, y resultó una gran elección. Daporta pasó cuatro años lejos de su Cambados natal «pero no me arrepiento». Y es que Holanda, a parte de formarlo como bailarín y otras muchas cosas, le da ahora una oportunidad profesional que difícilmente podría encontrar en España. Ha fichado por una casa de producción, una suerte de «nido de artistas», según la define Matías, que le da oportunidad de colocar sus producciones en los circuitos comerciales.
Después de bailar, hablar
El cambadés hace mucho más que bailar. Interpreta y también crea desde una perspectiva muy amplia. «Lo que a mí me gusta es trabajar en el teatro con más libertad de creación y conseguir algo útil a nivel social». ¿Y el baile, dónde queda? «Mi posición como artista sí tiene que ver con la de bailarín porque quiero inculcarle al público ganas de moverse», añade.
Esto, sobre el escenario, se traduce en lo que él define como «danza-teatro contemporáneo», de lo que se podrá ver esta semana una muestra en Cambados. Matías Daporta cuenta en su haber con cinco piezas terminadas, pero todavía no tuvo oportunidad de presentarlas al gran público. Por fin podrá hacerlo en Cambados, gracias a que el Concello accedió a incluir su propuesta en el programa cultural del otoño. Es una apuesta arriesgada. La danza contemporánea constituye aún una rareza fuera de los escenarios de las grandes capitales y se antoja demasiado exclusiva para los profanos en la materia. «El público tiene que atreverse. Si viene con la expectativa de encontrarse lo que ve en los programas de la tele, claro que va a quedar decepcionado, pero si está abierto a nuevas cosas, resulta asequible», explica. «La gente es escéptica por miedo al ridículo y porque no se atreve a preguntar». Por eso después de cada actuación, el bailarín va a invitar a los espectadores a abrir un diálogo con él y su compañera de escenario Esther Arribas «para que pregunten lo que quieran, eso es lo que hace falta». El público podrá comprobar el entusiasmo que pone Matías Daporta a la hora de tratar de aproximar la danza contemporánea al común de los mortales.
Un centenar de intentos
El mismo ciclo que presenta en Cambados lo ofreció a docenas de ayuntamientos de Galicia y solo consiguió que lo ficharan en su pueblo. «Mandé algo así como cien correos y solo me respondieron a tres, y en uno solo -Cambados- me contrataron». El bailarín no comparte el recurrente argumento de la crisis para explicar este fenómeno. «Dinero hay lo que pasa es que no se invierte bien. Se hacen grandes escenografías en clásicos y siempre con las mismas compañías y se olvida lo demás», señala Matías, que no deja de lamentar el despilfarro que han supuesto proyectos como el de la Cidade da Cultura. «El dinero que gastaron ahí hubiera permitido producir los trabajos de muchos artistas». «Hay muy poca comunicación entre los teatros, lo cual impide realizar cosas conjuntas que abaratan los costes. Hay muchas personas en la administración del arte y pocos artistas. No debería haber funcionarios trabajando para artistas, si no artistas trabajando para artistas», reflexiona.
«La gente es escéptica por miedo al ridículo y porque no se atreve a preguntar»
«Hay muchas personas en la administración del arte, y pocos artistas»