Un alcalde camino de Damasco

El pleno ha imprimido un sorprendente giro a la postura de Tomás Fole, otrora azote de sindicatos y sindicalistas, sobre el caso Lantero


vilagarcía / la voz

Un buen día, a comienzos de nuestra era, Pablo de Tarso, judío pero ciudadano romano a todos los efectos, azote de cristianos y otras sectas mal consideradas en su época, se encaminaba a Damasco para proseguir su infatigable labor persecutoria. Cuentan las crónicas -los Hechos de los Apóstoles- que, aproximándose ya a la antigua urbe, al tenaz Pablo le deslumbró una luz celestial que le llevó a dar con sus huesos en tierra. Una voz estremecedora, que se identificó como Jesucristo, le interpeló para preguntarle el porqué de tanta saña. La conversión fue inmediata, haciendo de aquel hombre, andando el tiempo San Pablo, el verdadero difusor del mensaje de Cristo en los anchos dominios del Imperio Romano. Desde entonces, cualquier experiencia que imprima un giro de 180 grados a las opiniones de quien la protagoniza merece la consideración metafórica de un viaje a la actual capital de Siria.

Merece la plena recordar las declaraciones que el alcalde de Vilagarcía, Tomás Fole, dedicaba el 10 de octubre a la convocatoria de la huelga indefinida que el comité de Lantero acababa de anunciar. «Me preocupa», reconocía el alcalde, quien dijo temer que la movilización condujese a la marcha del grupo cartonero de la capital arousana. De ahí un primer mensaje a los sindicatos y a los delegados de la plantilla: «Seamos consecuentes con los derechos de los trabajadores, pero tengamos también en cuenta el futuro de la empresa». El regidor popular conminaba, por ello, a las centrales a que «no vayan por libre», actitud que no definió pero supondría «entorpecer una posible solución». Las comparaciones que el primer edil establecía con los episodios de Megasa y Cuca aderezaron lo suficiente aquella intervención para que los representantes de los trabajadores manifestasen públicamente su opinión sobre las gestiones emprendidas por el primer edil: «Ni está ni se le espera».

Poco después, el alcalde firmaba el célebre tres a uno (tres reuniones con la dirección del grupo, una sola con el comité). No es de extrañar que, en tales circunstancias, nadie aguardase una revolución (en el sentido copernicano del término, tampoco vayamos a exagerar) como la experimentada por el equipo de gobierno. No tanto por lo ocurrido en el pleno del lunes, pues ni el más ausente de los cuáqueros pasaría por alto la enorme presión social y política que se cernía sobre PP e Ivil (interesante detalle, por cierto, el ofrecido por Elena Suárez al encaramarse a la silla que Fole, descabalgado entre el público, dejó vacía) como por la virulenta reacción del regidor a la comparecencia de la dirección de la empresa, cuyo comportamiento califica ahora de «desafortunado» y «poco inteligente».

Días antes de la tumultuosa sesión, el presidente del comité, Jesús López, dudaba de la posición final del bipartito conservador, aunque admitía que «toda ayuda será bienvenida». No basta, sin embargo, con una abrupta conversión para que la colaboración institucional con los postulados de los trabajadores sea efectiva. Por ahora se desconocen las razones exactas por las que Fole insiste en que el convenio urbanístico del 2004 (al fin y al cabo la única herramienta con la que Ravella puede intervenir en el conflicto) era y es ilegal cuando los servicios municipales le dieron el visto bueno en su día. No estaría mal que a las palabras se sumasen certificados técnicos. Por lo que pueda pasar.

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