El sueño que duró trescientos años

La historia del fundador del monasterio de Armenteira forma parte de una tradición celta

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vilagarcía / la voz

Una imagen de un fraile con un pájaro en el hombro recibe a los fieles en la iglesia del monasterio de Armenteira. Se trata de san Ero, el fundador de uno de los cenobios más hermosos y mejor conservados del patrimonio gallego y erigido en un enclave natural, el del monte Castrove, que levanta tanta admiración de los peregrinos como el propio edificio románico con reminiscencias mudéjares como las que conserva su espectacular rosetón.

Fue esa naturaleza bucólica que parece calcada de las églogas de Garcilaso de la Vega la que provocó que el fraile don Ero, además de pasar a la historia como fundador de la abadía, lo hiciese también como protagonista de una leyenda que entronca con los mitos celtas del Paradisum Avium, el paraíso de los pájaros que convierte a estas aves en mensajeras del otro mundo.

De las vicisitudes del monasterio y de sus monjes a través de los siglos se sabe por documentos históricos, pero de la leyenda de san Ero se sabe, sobre todo, porque el rey Alfonso X el Sabio la recogió en sus famosas Cantigas de Santa María, en concreto, en la 103.

Y dice la cantiga que don Ero era un noble caballero que tenía un palacio en Armenteira, y que pese a estar casado, no lograba tener descendencia, por lo que un día él y su esposa pidieron, a tal fin, la mediación divina. Y Dios les prometió descendencia, pero no biológica, sino espiritual. Es decir, les encargó seguir la senda eclesiástica como pastores de la Iglesia. Y así fue que tanto él como su esposa decidieron fundar sendos conventos y recluirse en ellos. San Ero construyó el de Armenteira y le pidió a san Bernardo, abad del cenobio francés de Claraval, que le mandase varios monjes, y así fue como en el año 1149 se estableció en el monacal edificio la primera congregación religiosa.

Ero de Armenteira no tardó en colocarse al frente de la abadía, y ahí finalizaría su reseña histórica de no ser porque muchos años después -ya era el abad anciano- surgió la leyenda. Y la leyenda dice que estaba un día el monje paseando por esos maravillosos parajes que rodean el cenobio cuando, entretenido por el alegre soniquete de una cascada de agua y por el cautivador cantar de un pajarillo, se quedó dormido junto al arroyo. Cuando despertó, regresó a la abadía, pero ya por el camino encontró cambiados los paisajes y senderos. Al llegar al monasterio, le abrieron las puertas monjes que ni él conocía ni ellos lo conocían a él, y cuando se dieron cuenta de lo ocurrido, dicen las cantigas del rey sabio que todos exclamaron asombrados: «¡Nunca tan gran maravilla como Deus fez polo rogo de sa madre Virgen santa de gran prez!».

En los pueblos de tradición celta se repiten historias similares en las que los pájaros, por su habilidad para emprender el vuelo, se identifican con deidades del más allá. La más parecida a la del noble gallego es la de Yves, un monje bretón que, cuando fue a buscar leña al monte, se quedó embelesado con el canto de un pajarillo que estaba posado en la rama de un árbol. Atrapado por la melodía, se pasó el día persiguiendo al ave, y al regresar al monasterio, los monjes no lo reconocieron, ni él les supo explicar lo ocurrido. Pero lo dejaron entrar, y no fue hasta años después que encontraron escrito en unos documentos que trescientos años antes había en el lugar un monje cuyas señas y biografía coincidían con la de Yves.

Como en el caso de Armenteira, lo habitual es que estos mitos de tradición celta fuesen cristianizados, como se puede comprobar en el libro de viajes Navigatio sancti Brandini, un santo irlandés del siglo VI que describe una isla llena de árboles en los que se posaban infinidad de pájaros que eran, en realidad, ángeles caídos.

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