La sentencia que condena a 13 años y 6 meses de cárcel al joven que apuñaló a su hijo no acaba de satisfacer a una familia que se reconstruye cada día
07 jun 2014 . Actualizado a las 06:55 h.Todos los días, todos, Juan Barreiro visita el cementerio. Es un ritual, una forma de exorcizar ese dolor interminable, inhumano, con el que convive desde hace dos años, cuando su hijo David murió antes de tiempo. El joven cayó fulminado sobre el suelo de un garaje de Lordelo, alcanzado por una navaja que -así lo ha determinado un jurado popular- manejaba con espíritu homicida otro chaval de O Grove, Alberto Sequenza. Trece años y seis meses de cárcel será la pena que este tenga que pagar por aquella muerte. La sentencia, que se acaba de hacer pública, no satisface a la familia de David, cuyo abogado, igual que el fiscal, habían solicitado la imposición de la pena máxima por homicidio: quince años de prisión. «Pero sentenciaron así... Trece anos e seis meses... Por desgraza, neste país a xustiza é a que é», reflexionaba ayer Juan. ¿Presentarán recurso para intentar incrementar la condena? «Imos deixalo como está; revivir o que pasou é un martirio para nós», responde.
Tras más de dos años peleando cada mañana para recomponer su vida, la familia de David tuvo que enfrentarse durante el juicio a la herida que todos ellos intentan taponar denodadamente. Ahora, con la publicación de la sentencia, quieren «zanxar o tema». Aunque solo sea en parte. Porque la verdad, «a única verdade que importa, é que a nós ninguén nos vai a devolver ao noso fillo». Ante la rotundidad de esa certeza, que al condenado le hayan impuesto trece años y seis meses o quince años, poco importa. Aunque importe. «Que cumpra o que teña que cumprir...», sentencia Juan justo antes de pedir que se revisen las leyes, que se revisen bien para que se hagan más justas. Porque ahora, a su entender, no lo son. Y por eso, como la suya hay muchas familias «indignadas e sufrindo» por sentencias demasiado laxas. Por procesos que se eternizan. Por eximentes que no se entienden. Por reducciones de pena difíciles de digerir.
A pesar de esa desazón, de la que no pueden librarse, Juan y su mujer y su hija intentan seguir adelante sin mirar a los lados. De Alberto Sequenza no quiere decir nada. De hecho, Juan no pronuncia en ningún momento ese nombre. Eso sí, lo considera «o único culpable» de la desgracia que sacudió la vida de toda su familia. «El está aí. Está vivo, respira». Mientras que David, aquel rapaz que «era un cacho de pan», al que «todo o mundo quería, e segue a querelo», se ha ido para siempre. Y su ausencia es, de nuevo, la única verdad que importa. La única que no va a variar por más que el tiempo pase. La que va a seguir doliendo todos los días.
«Loitar para seguir adiante»
Convivir con ese dolor reviste a la familia de David de una lucidez especial. De esa lucidez que lleva a Juan a aconsejar disfrutar de la gente que se quiere mientras está cerca. «Nunca hai que pasar por alto ás persoas. O material é importante. Pero as persoas son o que conta de verdade». El tiene en su mujer, «unha muller fenomenal, a que admiro moitísimo», un apoyo fundamental. Y en su hija, esa razón que hace que cada mañana recoja los trozos de su espíritu y se vista con aquella sonrisa que, dos años atrás, nacía en sus labios de forma natural. «É o que nos queda. O meu fillo se me foi. Iso é o que vivimos a miña familia e máis eu desde hai dous anos. Desde ese día a xustiza está feita, e está mal feita», reflexiona. Ahora, lo que queda, para siempre, es «loitar para seguir adiante, sen facerlle dano a ninguén». Y recorrer cada día el camino del cementerio para compartir con David las historias de los días que no pudo vivir.