El áspero roce de los muelles

Serxio González Souto
serxio gonzález VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

El alcalde, Tomás Fole, y la presidenta, Sagrario Franco, ante una maqueta del Puerto de Vilagarcía.
El alcalde, Tomás Fole, y la presidenta, Sagrario Franco, ante una maqueta del Puerto de Vilagarcía. m. miser< / span>

Los puntos de fricción se multiplican entre Concello y Puerto pese a los esfuerzos de Fole y Sagrario Franco por sintonizar

04 may 2014 . Actualizado a las 06:55 h.

Lo mismo que para hacer una tortilla hay que romper huevos, tampoco es posible gestionar la cosa pública sin generar tensiones. La herencia del buenismo, ese mal que tanto se achacó al expresidente socialista Zapatero, goza de buena salud. Nadie lo diría, a la vista de la dureza de los tiempos que nos ha tocado vivir, pero así es. Para encontrar un ejemplo elocuente basta con enfocar la mirada en las relaciones que mantienen el Concello y la Autoridad Portuaria de Vilagarcía. No se trata aquí de aunar civilizaciones, sino de intereses cruzados entre instituciones obligadas a convivir, que no siempre son coincidentes ni fácilmente conciliables. Por mucho que sus dos máximos responsables, el alcalde popular Tomás Fole y la no menos conservadora presidenta Sagrario Franco, se esfuercen en mantener una sintonía ideal, la nómina de roces aumenta a medida que avanza su gestión. Qué le vamos a hacer, no están hechos los muelles para el sedoso tacto de la diplomacia local, sino para las ásperas descargas de los estibadores, a mano o a golpe de grúa y contenedor.

De momento, en su período de coincidencia al frente de las dos primeras instituciones de la ciudad, Fole y Franco han sido capaces de esquivar conflictos que, como la eterna discusión sobre la obligación o dispensa del Puerto de satisfacer el IBI al Concello, al igual que (casi) todo hijo de vecino, han motivado la destitución de más de un consejero municipal.

De oportunidades perdidas

El porvenir del muelle de O Ramal, llamado a revolucionar la discreta relación de la ciudad con el turismo, lleva años difuminándose en el nebuloso barbecho de las oportunidades perdidas, así que tampoco por ese lado lloverán problemas. Hasta que el tren de mercancías que cruzará la antigua zona TIR no se ponga en marcha, dando y quitando razones, no es probable, por otra parte, que surjan mayores discrepancias sobre un tema de enorme potencial espinoso. Pero eso no quiere decir que las controversias secundarias no se vayan abriendo camino, como grietas en una pecera con demasiada agua.

El viernes, el regidor, flemático en su reacción, se tomó como una «contrariedad» la noticia de que la Autoridad Portuaria no reparará la maltrecha carretera original de Orillamar hacia Vilaxoán, hoy conocida como Valle-Inclán. En realidad, miembros de su equipo reconocen que al alcalde no le faltaron ganas de emplear un término de mayor calado, por decirlo de alguna manera. Sobre todo porque los responsables portuarios han dejado pasar numerosas ocasiones de exigir a la empresa que realizó los trabajos una compensación por el enorme retraso acumulado, amén de la chapuza que supuso tener que asfaltar dos veces un vial que en apenas siete meses estaba hecho un asco. Qué mejor contrapartida que el arreglo de los dos carriles interiores de la avenida.

Si a este revés le añadimos la cordillera de restos y escombros procedentes de las obras ferroviarias que alegremente fue creciendo durante meses en O Ramal, y el lío que se ha organizado en torno a la forma en la que parte de ellos, los áridos, están siendo vertidos en la dársena 2, se comprenderá que el bipartito conservador no esté, precisamente, dando saltos de alegría. Cuestión distinta es que alguno de los concejales lo demuestren públicamente. Si esto llega a suceder con Gago y Bouzas...