«Xa virán tempos mellores, ¿non?»

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

La veteranía y el futuro se reunieron el jueves en la playa de O Bao para compartir impresiones sobre el trabajo en la playa.
La veteranía y el futuro se reunieron el jueves en la playa de O Bao para compartir impresiones sobre el trabajo en la playa. martina miser< / span>

Paciencia y trabajo duro. Esas son las claves para mantenerse en la playa a cualquier edad

09 mar 2014 . Actualizado a las 06:59 h.

María del Carmen camina por la playa de O Bao con el paso seguro de quien conoce el terreno que pisa. «Eu nacín na praia», le dice a la joven que va a su lado. La rapaza se llama Cecilia, y con sus 19 años recién cumplidos puede presumir de ser una de las mariscadoras más jóvenes de la provincia. Ella no nació en la playa, pero mamó el trabajo del mar desde la cuna: su madre es una de esas mujeres, curtidas por mil mareas, que bajan a las playas de O Grove a ganarse -o al menos intentarlo- un sueldo digno.

Desde pequeña, Cecilia conoció de cerca la dureza del trabajo a caballo entre el mar y la tierra. Quizás por eso nunca quiso ser mariscadora. Quizás por eso, también, se rebelaba cada vez que su madre esbozaba esa posibilidad. Hasta que, hace unos meses, se enteró de que en la cofradía de O Grove había medio centenar de pérmex disponibles. Ella estaba estudiando el bachillerato y ante sus ojos se extendía un horizonte oscuro. Así que decidió abrir la puerta de la playa, sacarse los cursos de mariscadora y optar a un trabajo que, a fin de cuentas, «é para toda a vida». Las primeras semanas en la arena le han bastado para confirmar sus sospechas. «É un traballo moi duro». María del Carmen asiente. «É duro, pero tamén pensa en toda a liberdade que che da. Vas traballar aquelas horas e despois quédache moito tempo para facer outras cousas ou para atender á familia», dice la veterana isleña.

Ella sabe de lo que habla. Empezó a ir a la seca cuando apenas levantaba un palmo del suelo. «Eu recordo andar no viveiro de sempre», dice haciendo un ejercicio de memoria. Haberse pasado toda la vida en la playa no parece que vaya a ser suficiente para que esta mujer pueda cobrar una pensión. En los años ochenta, dejó la arena y emigró a Estados Unidos. En cuanto volvió de Norte América, retornó a la playa, el lugar en el que mejor sabía defenderse. Empezó a cotizar y ahora, con 65 años cumplidos, ha echado cuentas y ha descubierto que le faltan unos meses para poder cobrar la pensión. Ha pedido a la Xunta una prórroga; que le dejen trabajar ese tiempo que le falta. Pero desde Santiago le han dicho que no: sus años de emigrante le han costado su futuro, ya que para tener derecho a la prórroga tendría que haber trabajado como mariscadora en aquellos años de regularización del sector.

María del Carmen está dispuesta a dar la batalla para conseguir la pensión que se ha ganado escarbando en la arena. Confía en que Cecilia no tenga que enfrentarse a esos problemas que arrastran los cambios -y abofé que el marisqueo ha cambiado mucho en los últimos treinta años-. Cecilia se encoge de hombros. Puede que no vaya a tener problemas a la hora de jubilarse, pero sus inicios en la playa están siendo duros. Y eso que tiene a su madre a su lado, guiándola y explicándole los secretos que solo se aprenden con la veteranía. «Dille á túa nai que che ensine a ir ao buraco. É o mellor que hai», le recomienda María del Carmen. Cecilia asiente: en cuanto el tiempo mejore se pondrá a aprender esa técnica. Y es que esta joven no parece tener miedo al trabajo. «Estalle poñendo moito empeño», reconoce su madre.

«Había que gañar máis»

Pero el empeño, de momento, no se ha traducido en grandes ingresos. «Tíñase que gañar máis», dice Cecilia. «Xa me di todo o mundo que tiña que ter entrado antes, que agora están as cousas moi mal», reflexiona la joven mariscadora. Ahora es María del Carme la que se encoge de hombros y trata de sonreír. Claro que las cosas están mal, que no hay marisco y que el que hay se vende barato. «Tes que ter paciencia e aguantar. Xa virán tempos mellores, ¿non?».