Mirar de frente

AROUSA

Uno puede mirarse el ombligo, mirar de frente o mirar al horizonte. Mirarse el ombligo no da para más que para ver crecer el bandullo. Si se mira al horizonte, en cambio, la vista alcanza muy lejos. Puede llegar incluso hasta Siria y ser capaz de contar los muertos de cada día, o detenerse en Ceuta para ser testigo de los métodos que emplea la Guardia Civil en la valla de la discordia. Pero cuando uno mira de frente se encuentra lo que tiene más cerca. Y eso es un problema. Los niños que se mueren en África dan mucha pena, pero están en África, y no todo el mundo está en disposición de viajar a África. Al lado de casa, en cambio, uno puede descubrir que el vecino de enfrente se ha quedado en el paro con dos hijos, o que la anciana del ático hace semanas que no sale y no tiene familia que la cuide. Ya no sirve la excusa de que no tengo un billete. Ya no vale mirar al horizonte ni al otro lado ni al ombligo. Están ahí, de frente. Y hay que hacer algo.

Y entonces uno se topa con Cáritas, que aún por encima está en el centro mismo, en la plaza de la Constitución. Y hay que entrar, y entonces ya es imposible no ver, no oír, no sentir, no sufrir. No tomar partido. Allí está la anciana del ático, el vecino en el paro y el colega de la infancia que cayó en las drogas. Todos eran invisibles cuando nos mirábamos el ombligo. A veces también cuando oteábamos el horizonte.