Su dueño regalará a quien la encontró kiwis y un décimo para Reyes
31 dic 2013 . Actualizado a las 06:57 h.Cuenta Marta que a Manuel le cambió la cara cuando se echó la mano al bolsillo para pagar la chiquita y no encontró la cartera. Cuenta que en un tris se puso ya no blanco, sino verde, y que tras pedir mil disculpas salió de la cafetería para deshacer sus pasos en busca del monedero. No hizo falta que anduviera mucho. Una llamada desde su casa le devolvió la tranquilidad. Alguien la había encontrado y la llevó de inmediato a la comisaría de policía. Desde allí se pusieron en contacto telefónico con su domicilio para comunicar el hallazgo.
De regreso a la cafetería donde llegó el susto, se pidió otro vino para poder saborearlo con tranquilidad y llamó por teléfono a su benefactor. Después relató lo sucedido. Tenía ganas de hablar Manuel, que dicen que hablar ayuda a calmar los ánimos.
Todo empezó en un clásico como es Os Arcos. Allí recaló Manuel después de desistir, por la mucha gente que había en la sucursal, de sacar mil euros de su cuenta -el destino tiene estas cosas, a veces convierte lo que parece una faena en todo un alivio- y tras pagar su consumición metió la cartera en el bolsillo interior de la cazadora. No la pudo acomodar bien porque llevaba varios papeles y quizás ahí estuvo la clave. El monedero vivió en un equilibrio inestable hasta que la gravedad se impuso, más o menos a la altura del quiosco de A Marina, que allí es donde fue encontrado.
De los hechos a las sensaciones
Y tras los hechos, Manuel habló de sus sensaciones. «O dos cartos dábame igual. Non sei si levaba cen ou doscentos euros, que iso é cousa miña, pero estaba moi preocupado polo do papeleo», relata. «O carné, o da tarxeta de crédito, ¿ti sabes o follón que é o da tarxeta de crédito?», contaba -casi cantaba- ya imparable a esas alturas. Y recordaba Manuel que no era la primera vez que tenía un incidente desagradable con su cartera. Le pasó hace años en Valencia, donde había arribado en uno de sus destinos como marinero. De camino hacia el barco paró en una tienda a comprar un bolígrafo. Dejó el petate en el suelo y de repente lo abordó un inmigrante marroquí con un plano de la ciudad en la mano. Cuando se dio cuenta la bolsa había desaparecido. Él agarró al cómplice de la fechoría y no lo soltó hasta que llegó la policía. El otro enseguida apareció y con él la maleta. Y en ella la cartilla de navegación, indispensable para poder embarcar. Su auténtico tesoro. Tan grande, que no se acordó de los doscientos euros que estaban entre el equipaje hasta que aparecieron dos semanas después. De la burocracia posterior, mejor ni recordarlo.
¿Y el benefactor? Pues relativiza su acción. «Non ten importancia. Iso faríao calquera», dice con un toque de optimismo navideño que quizás no comparta todo el mundo. No quiere más relevancia. Algo se llevará, de todas formas. Para empezar, unos kiwis que le prometió Manuel por teléfono. Y también una esperanza. Cuando fue a recoger la cartera -que aún no ha sido descrita, pero es de un negro clásico y de complexión robusta- sacó de su interior veinte euros. Y dejó un encargo: «Compra un décimo para Reis e se toca repartimos o premio entre os tres», le dijo a quien le entregó el monedero. Para que el cuento de Navidad sea completo los bombos tendrán que poner también algo de su lado.