El barrio antiguo carrilexo está invadido de hierbas y mamotretos
22 dic 2013 . Actualizado a las 06:58 h.Apenas a cien metros de esos templos de los manjares donde Mariano Rajoy arriba de vez en cuando -ahora más de cuando en cuando que antes- aparece la iglesia de Carril. Un templo de aires góticos y una perfecta metáfora de cómo está la situación. El primer rellano de las escaleras de acceso, comido por las hierbas. Desprende una sensación de abandono que al paseante ya no le abandona en ningún momento cuando pretende echar un vistazo por lo que debería ser una de las joyas de Vilagarcía, la zona antigua de Carril, pero que languidece entre el feísmo y el olvido. Solo alguna casa, pintada con tanto esmero como se pintaban las casas antes, ofrece un momento de tregua a la vista.
Carril, en realidad, es un perfecto ejemplo de lo que ahora es su ayuntamiento motriz. El telón de granito que separa a Vilagarcía del mar tiene su fiel reflejo en su hermano pequeño. Conviven, apenas separados por unos metros, las típicas casas bajas, de piedra, esas que tendrían un potencial turístico notable en cualquier lugar del mundo con un mínimo de sensibilidad, con auténticos mamotretos. La nueva casa de cultura, iniciada y jamás rematada, es la metáfora sublime de lo que allí sucede. Unas verjas a las que la sal y el óxido le han dado ya su característico tono naranja avejentado delimitan con esfuerzo pero sin rubor la frontera entre lo clásico y la arroutada pasajera de algún concejal. El ladrillo a la vista modelo tipical galician de los tabiques completa el lamentable panorama. A su vera, unas escaleras más castigadas por el abandono que por los años dan acceso al espacio municipal.
Son las rúas Santiago o Victoria claros ejemplos del descalabro. Sus empinadas cuestas, donde algún barreño tiene que hacer de aguador improvisado en los días de lluvia, serpentean entre casitas camino del derrumbe y algún mamotreto erigido en plena fiebre inmobiliaria sin ningún tipo de rubor.
Lo que sucede con el cruceiro, en realidad, podría ser el resumen perfecto. Un loco lo descabezó en una noche en la que se le juntaron todas las lunas malas y se le deshilacharon sus pocos cables. Sucedió cuando Mariano Rajoy aún no era presidente del gobierno, bastantes meses antes de eso en realidad, y allí sigue. Firme pero mutilado. Hoy ya no podría figurar en la relación que en su día hizo Castelao de As cruces de pedra na Galiza. O quizás sí, que la retranca del de Rianxo era poderosa.