Del chapapote a las liberaciones

Serxio González Souto
Serxio González VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

Filgueira (en el medio) quiere una dedicación exclusiva como la de Miguel Pérez y Fredi Bea.
Filgueira (en el medio) quiere una dedicación exclusiva como la de Miguel Pérez y Fredi Bea. martina miser< / span>

Once años después, los problemas de Pérez en O Grove poco tienen que ver con el fuel y mucho con los gobiernos a tres

17 nov 2013 . Actualizado a las 06:40 h.

Las revisiones del calendario tienen estas cosas. Once años atrás, Miguel Ángel Pérez (PP) enfrentó la crisis más grave a la que ningún alcalde de la costa gallega se había asomado jamás: la llegada de la enorme catástrofe ambiental que supuso el Prestige. Si en Arousa hubo una zona cero, esta fue sin duda la península meca. De no ser por la asombrosa sentencia que ha convertido todo lo ocurrido desde entonces en una suerte de broma macabra -algo de otra dimensión que, a poco que uno se despiste, diría haberlo soñado-, recordar cómo transcurrieron aquellos días de diciembre resultaría casi ocioso. Ahora que nos dicen que las playas sí estaban esplendorosas, que enviar a un elefante preñado de fuel a recorrer esos mares de dios -a ver dónde se rompe y si le toca a los portugueses, mejor que mejor- era lo óptimo, y que lo que debe hacer el buen gobernante cuando los chuzos caen de punta es dejarse invitar a cazar en el latifundio de algún amiguete, ahora que todo eso nos lo restriegan por la jeta, hacer memoria adquiere categoría de imperativo moral.

Aunque duela como una patada dos palmos bajo el vientre, aunque la gente haya salido a la calle el viernes a demostrar que todavía queda en este viejo país un ápice de dignidad, sería de estúpidos pasar por alto ciertos comentarios escuchados a pie de muelle el otro día, un par de horas después de conocer las conclusiones del tribunal. «Se viñese outro Prestige, que o metesen aquí, que quedabamos nós con aquela morea de cartos» o «estas cousas pasan, un barco pode partir e diso non ten a culpa ninguén» no son frases pronunciadas desde la comodidad del sofacito y el copazo de coñac mientras el telediario va desgranando su chapa cotidiana. Son cosas que han dicho gentes que encuentran en la mar su sustento. Son los menos, es verdad, pero resulta muy difícil comprender cómo alguien es capaz de vomitar así sobre la fuente de la que come, la misma que debería dejar limpia como los chorros del oro para sus hijos y sus nietos. No son amigos del sobre caliente ni usuarios de la subvención vitalicia. Nunca se sentarán en el consejo de administración de ningún negociado de sangre azul. Son personas que cada día madrugan para arrancarle a la vida cuatro euros. Si piensan así, por pocos que sean, hay algo aquí que va mal, algo capaz de arruinar la partida definitivamente.

Que el asunto está cojo y resulta vergonzante lo demuestra la reacción de aquellos mandatarios que, como el presidente de la Xunta o el propio regidor de O Grove, conservan el decoro necesario para manifestar al menos su disgusto o secundar las concentraciones convocadas al efecto. Otros, en cambio, hinchan pecho como si en la patética sentencia residiese alguna proeza personal y recobran el resuello tratando de olvidar las barbaridades que profirieron cuando tenían el chapapote y la gomina al cuello.

Once años han pasado, en fin, y hoy los problemas de Pérez, que después de todo aquello rozó la mayoría absoluta, se fue al barbecho de la oposición y acabó recobrando el bastón de mando, nada tienen que ver con el fuel. Más bien con los peajes de un gobierno a tres bandas. Tal vez le caigan a Aida Filgueira de todos los colores por reclamar ahora su dedicación exclusiva. Pero estaba escrito en el pacto y no es ni más ni menos que lo que el compañero Fredi Bea tiene a su disposición. Otra cosa es que Callón, el concejal de los cuartos, la haya liado parda en el seno de su propio partido proponiendo, como en el escondite, un recorte por mí y por todos mis compañeros.

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