Aunque la presencia de la comarca de O Salnés es más que significativa en las colecciones del Museo, hay algunas piezas que, de momento, permanecen ocultas al ojo público. Es el caso, por ejemplo, del ara de Neptuno hallada en el Castro Alobre, en Vilagarcía. Esa pieza, emplazada en su día en un balcón natural sobre la ría de Arousa, no permanece olvidada en ningún rincón oscuro. «Cuando se reestructure el edificio García Flórez se creará espacio dedicado al mundo del mar», explica Carlos Valle, el director del Museo de Pontevedra. Ese será el emplazamiento del altar construido en honor del señor de los océanos.
«Hay piezas que están pendientes de ubicación. Piezas que tienen valor, y mucho, pero que queremos colocar en el contexto adecuado». Y es que, fuera de él, esos ejemplares únicos que nos han ido legando nuestros antepasados perderían parte de su significado.
El ara de Neptuno es una de las piezas más destacadas desenterradas en Vilagarcía. La otra, una fíbula de navicella, llegada desde la lejana Etruria, ya luce en la planta baja del Museo.
¿Y Adro Vello?
En este detallado repaso por nuestra historia más remota no se rastrea ninguna pieza procedente de Adro Vello, el que para muchos es el «buque insignia» de la arqueología gallega. La razón de la ausencia de referencias a ese enclave grovense la explica Carlos Valle: «La práctica totalidad de los materiales están aún fuera del Museo, en manos de la persona que en su día realizó las excavaciones en ese yacimiento». Se realizaron aquellos trabajos en los años ochenta, bajo la dirección del profesor Carro Otero. Tras aquellas primeras excavaciones, el yacimiento quedó sepultado por el olvido y los embrollos burocráticos. El inicio del expediente para su declaración como Bien de Interés Cultural y su inclusión en el programa de valorización de yacimientos de la Diputación prometen darle un nuevo impulso.