Acinco minutos caminando de la plaza de Galicia, sepa que tiene usted un pequeño tesoro. Uno de esos lugares con encanto. Un bosque encantado para los niños, un remanso de paz para los mayores. Un monte con un yacimiento arqueológico que en cualquier ciudad con cierta sensibilidad sería el epicentro de algo realmente bueno. No en Vilagarcía. Castro Alobre languidece sin remisión desde hace años pese a sus inmensas posibilidades. Basta con pasear hoy por la zona para constatar el olvido en el que ha caído. Los accesos, tanto desde el parque de O Castriño como desde Vista Alegre, resultan bochornosos, y el vandalismo se ha adueñado de un lugar con el potencial para ser orgullo de los vilagarcianos.
La recuperación del yacimiento es una buena noticia, pero sospecho que no será suficiente con eso. Castro Alobre necesita que el Concello crea en él. Que sea accesible y atractivo para los vilagarcianos. Que los niños y sus padres deseen pasear fascinados entre sus árboles. Que los runners lo incluyan entre sus rutas al conectarlo con los paseos del Puerto y la Compostela. Para ello no son necesarios millones de euros. Solo imaginación, y ganas. E ideas. A veces tan valiosas como los euros.