No falta quien se queja de tanta Vuelta. «Parece que non hai outra cousa», me reprochaba ayer un lector. Pero ¿qué otro acontecimiento paraliza una comarca y moviliza a los miles de personas como lo hace esta prueba? No hay parangón. Con sesenta y ocho años a sus espaldas, La Vuelta a España ha conseguido instalarse en el alma del país y el alma de Arousa pedaleaba estos días sobre dos ruedas. Hay quien estuvo horas haciendo guardia: tras la valla de la batea de Vilanova o en la meta en Lobeira. Todo solo para unos segundos de gloria, porque estos superhombres no dan tregua. Aunque acumulen más de cien kilómetros en sus piernas, pasan veloces como el viento, como ese viento que ayer los castigó durante buena parte del recorrido.
Un álbum para guardar
Con sombrilla y con bocadillo; sentados con el periódico o en el bordillo de acera tuiteando; en el balcón de casa o encima de la Virgen del Carmen. El público de La Vuelta dejó estampas de todas formas y colores. Banderas, hubo muchas banderas en Vilanova, y muchas gorras de color rojo. Las que regalaba la caravana de Carrefour y Cofidis allá por donde iba pasando el pelotón. Y es que, méritos deportivos aparte, La Vuelta es mucho más que una carrera. Es una ocasión para irse de fiesta. No hubo más que ver Vilanova, donde se llevaron desde un ballet ruso hasta caballos para participar en una justa medieval. Es una ocasión para publicitarse turísticamente gracias a las crónicas y las imágenes que derrochan los medios de comunicación. Y hasta es una ocasión para los políticos, que no dejaron escapar la oportunidad de hacerse la foto a cuenta de los esforzados ciclistas. Ni siquiera Rajoy se quedó fuera del foco. Pero es, sobre todo, una ocasión para el público, ese que, aficionado o no, se echó a las carreteras para ver de cerca y animar a las estrellas de la bici. La Vuelta dijo ayer adiós a O Salnés pero la comarca la despidió con un hasta siempre.