A dos ruedas sobre la historia

Rosa Estévez
rosa estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

ROSA ESTEVEZ

27 ago 2013 . Actualizado a las 06:52 h.

Enma tiene cuatro meses, unos bonitos ojos y la fortuna de pertenecer a una familia llena de niños. Casi todos estaban ayer en Ponte Arnelas, en casa de la abuela, «uniformados desde la mañana» con camisetas, gorras y banderas. Aún no eran las cinco de la tarde cuando la tropa familiar tomó tranquila posesión del banco de piedra situado junto a la puerta de la casa. Pero solo Enma y los mayores del grupo parecían tranquilos: los rapaces corrían sin descanso del salón a la puerta, pendientes de la tele y de la calle adoquinada por la que no podía tardar ya mucho en pasar Purito, su preferido.

Para estos bulliciosos primos, la espera fue eterna. La aliviaron gritando a los coches de la caravana promocional que pasaba, de cuando en cuando, como un falso presagio de que los ciclistas estaban a punto de llegar al puente. Pero no llegaban. «Seguro que ao final non vén por aquí», protestaba uno de los espectadores, ya harto de la larga espera bajo el sol. Envidiaba la sombra de quienes habían buscado refugio en alguna terraza o bajo los árboles.

Un verdadero aficionado a La Vuelta, uno de esos que tienen el recorrido metido en la cabeza, intentaba calmar los ánimos de los más alporizados. «Sí que pasa por aquí», decía. Pero las cinco -la hora prevista para ver La Vuelta en Ponte Arnelas- ya habían quedado atrás hacía rato, y a la entrada del puente de Os Padriños, en la parte de Ribadumia, todo eran nervios. Y corrillos. «Esto va a ser un visto y no visto», decían en uno de ellos. «Eu, a vez que mellor os vin foi o xoves, cando andaban a entrenar. Ata pararon en Baión a tomar o iogur», explicaba la voz de un hombre acababa de ver el paso de los ciclistas por Ribadumia.

Finalmente, a los pies de Santa Marta se dejaron ver tres patrullas de la Guardia Civil. Tras cruzar el puente, un agente se bajó de un salto de su moto y extendió una cinta para cerrar una de las calles paralelas al río. Mientras ataba el plástico, alguien le preguntó por dónde venía la serpiente multicolor. «No sé, pero vienen mangados», dijo él, sonrojado y sudando, casi al mismo tiempo que volvía a saltar sobre su asiento. Y mangados venían, es verdad. Una nube de maillots de colores pasó volando sobre el puente, subió la ligera cuesta, y desapareció dispuesto a cruzar de nuevo el Umia por la liviana estructura construida sobre el campo de la fiesta. Aún quedaba mucha carrera.