Un centenar de barcos de recreo están a la venta en la comarca

S. Luaña / R. Estévez VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

MARTINA MISER

Muchos propietarios ya no pueden hacerse cargo de sus gastos

07 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El paisaje en el puerto deportivo de Vilagarcía se parece mucho al del resto de la ciudad. Si en los edificios la frase más repetida es la de «Se vende», en la rada arousana la situación es ahora parecida, con varios carteles en los que se anuncia la venta de embarcaciones de recreo sin disimulo alguno, lo que da otra perspectiva de la crisis, que no perdona ni a quienes hace poco disfrutaban de ese bien de lujo que suponía contar con un velero en propiedad para surcar la ría.

Esa imagen del puerto deportivo no es más que la punta del iceberg, porque lo cierto es que la crisis del sector es tal, que solo en la comarca hay un centenar de embarcaciones de recreo que están a la venta, desde asequibles motos acuáticas a veleros de lujo que se venden por el precio de 190.000 euros.

En la mayoría de los casos es una cifra muy inferior a la que tenían hace unos años, porque el mercado se desplomó y las matriculaciones bajaron de forma estrepitosa, al mismo ritmo que la venta de pisos.

En el puerto deportivo de Vilagarcía hay varias embarcaciones con los carteles anunciando su venta y el teléfono de contacto. Pero en realidad son muchos propietarios más los que ya no pueden hacerse cargo de los gastos de mantenimiento de sus barcos de recreo y los tienen a la venta, aunque de una forma más discreta, a través del boca a boca o por Internet, donde hay unas cuentas páginas especializadas en el sector que incluyen la lista de yates y veleros que están a la venta. Y por supuesto, no es un fenómeno aislado en Vilagarcía; los hay también de O Grove, Sanxenxo o Vilanova.

Fuentes relacionadas con el sector subrayan que, aún bajando los precios, no es buen momento para deshacerse de estas embarcaciones, porque tampoco proliferan los compradores. Todo ello obliga a sus dueños a mantener los barcos amarrados en unas plazas cuyo alquiler supone el desembolso de varios miles de euros al año, dependiendo de la eslora de la embarcación, a lo que hay que añadir los gastos de mantenimiento de la embarcación.

Algunos, hace tiempo que no ven el mar abierto, porque soltar los amarres y salir a navegar supone un coste añadido de combustible que la crisis convirtió en prohibitivo.