El mar ha sido, siempre, el gran pulmón económico de las tierras que rodean a la recortada ría de Arousa. Grande, espléndido, fértil y generoso, el mar ha sido, y sigue siendo incluso en los malos tiempos, el lugar de trabajo de más de 6.000 mariscadores y mariñeiros. El caldo de cultivo de los mejillones que crecen en 2.300 bateas -casi el 70 % de las mejilloneras que existen en Galicia- y el agua que alimenta a unos mariscos que nos han colocado en los mapas mundiales de la buena mesa. Alrededor del mar han ido creciendo, con el paso de los años, empresas dedicadas a hacer llegar esos excelentes productos al mundo entero. Ahí están las depuradoras que dan empleo a unas 500 personas y las conserveras sostenidas por las manos de unos 4.000 trabajadores. Ellas son un eslabón más de la cadena que enraíza en la ría y que se extiende por la economía costera en forma de pequeños y grandes negocios auxiliares: el de quienes fabrican las redes, el de quienes reparan las averías, el de quienes construyen barcos y bateas. Pero el mar no solo sostiene a quienes han aprendido a explotarlo a base de arañar sus fondos: también ha sido el reclamo que ha convertido a las comarcas de Arousa y Barbanza en uno de los referentes turísticos de Galicia. Cada año miles de personas eligen una u otra orilla como lugar en el que olvidar las tensiones del día a día, alimentando un sector, el de la hostelería, que ha ido ganando peso poco a poco. Es toda esa riqueza expansiva y expandida la que explica por qué los arousanos se pusieron en pie, al unísono, para defender la ría de la amenaza de la marea negra del Prestige. Y es toda esa riqueza, también, la que debería hacer reflexionar a quienes gestionan la cosa pública sobre dónde se debe, y dónde no, recortar gastos. Podemos acabar cojos.