La asociación A Floriña, que Elda preside, aglutina a cuarenta tejedoras de Vilanova
30 dic 2012 . Actualizado a las 06:48 h.Aunque nació en Lalín, Elda se considera de Vilanova. Aquí nacieron sus hijos y sus nietos y aquí, también, aprendió a palillar hace unos veinte años. A esta mujer de ojos vivos siempre le habían gustado las labores, así que hace dos décadas decidió sacarse la espinita que le faltaba y se lanzó al aprendizaje con los bolillos. Lo intentó a través de las revistas, hasta que «después pude buscar una profesora para que me enseñara un poquito, porque por las revistas no eres capaz de aprender». La maestra llegó de Sanxenxo, porque «aquí no había quien supiera», y después llegaron otras. Ahora, Elda ya da sus clases, pero sigue aprendiendo: «Voy a clases con Mariña Regueiro, una profesora internacional. Estoy haciendo un cursillo, porque estamos dedicándonos mucho al encaje extranjero, de Dinamarca, de Rusia, de toda Europa. También se hace con bolillos, pero es un poquito distinto, no es el de Camariñas».
En efecto, el de Camariñas es el encaje gallego que más fama ha adquirido a lo largo de los años, pero no es el único. «En Galicia se hacen muchos tipos de encaje, no solo los de Camariñas». Y también fuera de Galicia se trabajan los bolillos. «Hay el de Almagro, el de Hinojosa y otros sitios. Y fuera de España también se hace mucho. Se diferencian en el tipo de puntilla que se hace y en el sistema de trabajar. Hay el encaje ruso, el schneeberger alemán, el tonder, de Dinamarca, chantilly, duquesa. Hay muchos, muchos que yo no sé hacer, por eso estoy intentando aprender», explica.
Después de aquellos inicios prácticamente solitarios, la afición a los bolillos comenzó a crecer en Vilanova. «Estaba dando clases a un grupo de gente y decidimos hacer una palillada, un encontro de palilleiras. Decidimos ir al Concello a ver si nos podían ayudar un poco y nos recomendaron hacer una asociación». Así surgió el colectivo de palilleiras A Floriña, que lleva el nombre de un tipo de puntilla -«casi todas las puntillas tienen su nombre», explica Elda- y que aglutina hoy a casi cuarenta socias.
Este grupo de palilleiras se reúne muchas tardes en un local que les cede Saladina, una mujer que, a sus 82 años, «es la que mejor palilla». En este taller el entrechocar de los bolillos va tejiendo todo tipo de piezas. «Se hace de todo, vestidos, pendientes, pulseras, cinturones, camafeos, muchas clases de flores, aplicaciones para blusas, diademas,...», relata Elda. Porque, a diferencia de lo que ocurría hace algunos años, ahora los usos del encaje van más allá de los juegos de cama, las mantelerías y las cortinas.
Se hace de todo, pero se vende poco. «Yo procuro no vender, porque si vendo y cobro el tiempo que me lleva, igual me llaman timadora. Así que prefiero, si tengo una pieza, regalarla o dársela a mis hijos». Alguna cosa sí se vende, reconoce, pero «para vender hay que venderle a una persona que entienda». No importa, porque, al fin y al cabo, no es el interés económico el que ha unido a este grupo de mujeres de Vilanova alrededor del espectacular arte del encaje de bolillos.