En el principio de la época del pelotazo, todo era viejo. Así ardieron en muchas hogueras antiguos muebles de madera de los que ahora nos acordamos echándonos las manos a la cabeza. Luego se puso de moda lo de la rehabilitación, porque como ya todo el mundo podía comprar pisos, era una manera de marcar distancias dejando caer así que todavía quedaba en la familia un algo de distinción que te permitía poner en valor tu patrimonio, que lejos de ser viejo, como el de los demás, era antiguo. Socializar la rehabilitación llevó su tiempo, y por eso durante años convivimos con la paradoja de que, al lado de las grúas que tenían tomada Vilagarcía, languidecía un hermoso edificio que se caía a cachos sin que nadie mirase para él, ni siquiera para asegurarse de que no le caía la cornisa encima. Pero todo llega, y por fin, en los últimos coletazos del urbanismo salvaje se pusieron en marcha unas líneas de ayuda para la rehabilitación de edificios en los cascos históricos que están dando muy buenos resultados, no hace falta más que darse un garbeo por Cambados o Carril. Ahora, con el estallido de la burbuja inmobiliaria, particulares y comunidades de vecinos echarán mano de la crisis como argumento para no acometer las obras necesarias. Y se equivocan. Porque de lo que se trata es de recuperar algunos conceptos de la época de nuestros abuelos: los de conservar, reparar y ahorrar, que ni son moda ni tienen que serlo. Es cultura.