Rastrillo en mano y salitre en el rostro

Bea Costa
Bea Costa VILAGARCÍA / LA VOZ

AROUSA

Un regimiento de mariscadoras «toman» O Sarrido pese a la lluvia y el viento

25 dic 2011 . Actualizado a las 13:52 h.

Rosina se queda rezagada, donde el mar no le sube más arriba de los tobillos. «E que se me meto ao fondo, maréome», explica. Tiene 60 años y lleva escarbando en O Sarrido desde los 7. Es, por tanto, veterana en las lides de destripar la arena en busca de las preciadas almejas. En el horizonte, con la isla de A Toxa al fondo, van ya sus compañeras: un regimiento de mujeres enfundadas en ropas de aguas que no tienen problema a la hora de sumergirse hasta la cintura.

Rosina Costa Miser sabe que cuanto más adentro hay más y mejor marisco, pero ella ya no tiene el cuerpo para tanto esfuerzo, de modo que se fija objetivos más modestos. En la jornada que nos ocupa en este reportaje estaba fijado un tope de capturas de 5 kilos para almeja japónica y 5 kilos para fina. Un cupo alto, propio de estas fechas de ventas generosas.

Las medidas, a ojo

Rosina es de la antigua escuela. De las que opina que las mariscadoras ahora tienen «demasiados pagos» y de las que no reniega de su pasado de furtiva, «como era todo o mundo daquela». Es tal la práctica adquirida que ni siquiera lleva calibre para medir las piezas. A ojo sabe si la almeja da la talla mínima para poder ser vendida en la lonja de Tragove -en Cambados la tienen establecida en 4 centímetros- y conoce el terreno al dedillo. «Hoxe non atopo unha ameixa», dice, así que avanza unos metros en busca de mejor suerte.

Esta cambadesa es de las que trabaja casi todo el tiempo con la espalda doblada, lo cual demuestra no solo el oficio sino también su fortaleza física. Sopla un fuerte viento sur y la lluvia arrecia, pero esta mujer no se da ni un respiro. «Perdoa neniña que hoxe non che podo atender moito». Aún así coge resuello para contar alguna anécdota con la que enriquecer esta crónica. En una ocasión creyó encontrarse con un cadáver al toparse con dos manos flotando, que resultaron ser guantes erguidos sobre las aguas, o aquella otra en la que se quedó aislada por la niebla y no sabía hacia donde ir. Menos mal que una compañera de fatigas tenía perro y fue gracias a su instinto como pudieron enfilar hacia tierra.

En un pequeño galpón, al pie del paseo marítimo, Teresa también está metida en faena, aunque, en vez de con el rastrillo, manguera en mano. Como directiva de la agrupación que es le toca estar en el punto de control, la base de operaciones de las mariscadoras donde, además de avituallarse y guardar el material, se realiza el pesado y la selección del marisco.

Horarios flexibles

Al mediodía ya bajaron casi todas las mujeres en la playa, más de un centenar, aunque siempre hay alguna rezagada que llega más tarde. «¿Que che pasou hoxe?», le pregunta Teresa. Afortunadamente, en el marisqueo no hay que fichar, hay flexibilidad de horarios y la jornada no suele prolongarse más allá de las cuatro horas. Si llegas tarde, dispones de menos tiempo para reunir el cupo del día, pero es un problema de cada cual. Hay quien prefiere sacrificar unos euros de ganancia a cambio de poder dejar al niño en el cole, la comida preparada o atender un imprevisto familiar.

Dicen las mariscadoras consultadas que lo mejor de su trabajo es la «libertad» y la «autonomía» de que disfrutan. Es un trabajo duro, sobre todo en invierno, y sin sueldo fijo, pero son muchas las que dicen que no lo cambian por estar en una conservera, sentada delante de un ordenador o detrás de un mostrador. «A min gústame o meu traballo, non o cambiaría, aínda que ás veces chegas morta», afirma Teresa. Y eso que las condiciones de trabajo han mejorado mucho. Antes, las mujeres iban a la ribeira a pelo. Ahora van bien provistas de botas, monos de plástico y hasta neopreno. Con todo, la humedad sigue calando los huesos y la columna sigue sufriendo. No hay más que ir a la unidad de rehabilitación del centro de salud de Cambados para comprobar que una parte de las pacientes son mariscadoras aquejadas de problemas musculares.

En el punto de control

Teresa todavía tiene por delante un par de horas antes de que suban sus compañeras de la playa, pero no tiene tiempo para aburrirse. Hay que baldear, lavar las cajas y ordenarlas. Enseguida llega la presidenta Isabel Pérez, que viene de la cofradía de arreglar cuestiones de papeleo, a echarle una mano. Ella tampoco bajará a la playa, pero no perderán el día. A las encargadas del punto de control, la agrupación le paga el equivalente a las ganancias de la mariscadora que más vende ese día.

Una jornada de marisqueo a pie con las mujeres de Cambados

Rosina empezó a trabajar en la playa a los 7 años y continúa haciéndolo con 60

Las mariscadoras destacan la «libertad» y «autonomía» que les da este trabajo

Las ventas y las mareas condicionan cada día los topes de captura