Cuando en Vilagarcía se pensaba en el «elemento obrero»

manuel villaronga

AROUSA

Cervantes, Fantasio y Arosa compitieron durante décadas

11 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Historiador

En la década de 1880, en una época en la que la TDT y el Emule no estaban ni se les esperaba y en la que a los vilagarcianos la situación de la prima de riesgo y la deuda soberana se la traía más bien al pairo, porque estaban preocupados por cosas más mundanas, como el resultado de la recién inaugurada plaza de la Pescadería, la marcha de las obras del muelle de hierro, la construcción del malecón que daría lugar a la avenida de la Marina o la futura casa consistorial, todo bajo la batuta del añorado alcalde Ravella, nuestros bisabuelos tuvieron sus primeros contactos con lo que sería el lenguaje cinematográfico actual. Panoramas, cosmoramas, polioramas, estereóscopos (ancestro del 3D), cuadros disolventes y otros tantos artilugios derivados de la linterna mágica formaban parte de los espectáculos que cada año llegaban a la villa, normalmente coincidiendo con las fiestas. Así consta, por ejemplo, el Gran Panorama Universal, instalado en la calle de la Iglesia (hoy de Edelmiro Trillo), durante el mes de agosto de 1885.

Estos espectáculos precinematográficos sentaron la base para que los vilagarcianos, como el resto de vecinos de O Salnés, vieran como algo natural la revolución que supuso la fotografía animada. Desde aquella mítica exhibición de los hermanos Lumière en el bulevar de los Capuchinos, un día de Santos Inocentes de 1895, ya nada sería igual. Bien es cierto que al principio no se trataba de una expresión cultural, sino más bien de la exhibición de un invento, que formaba parte de las muchas atracciones de feria, como la bola de cristal o la mujer barbuda.

El cine se convirtió, pues, en un espectáculo itinerante. Y Vilagarcía no fue ajena a ello. En el San Roque de 1901 consta que estaba instalado en la plaza de Ravella un pabellón cinematográfico. Para tan memorable acontecimiento se había contratado a la banda de música de Caldas. El local «se ve todas las noches concurridísimo, y con justicia, pues el aparato Vaigraph es la última palabra basada en los adelantos modernos de esta clase de espectáculos».

A partir de ahí, surgió el idilio entre Vilagarcía y el cine. En 1900 se construyó el Salón García (actual Casa de la Cultura), donde se realizaron las primeras exhibiciones en un local fijo. Siete años más tarde surgió la primera sala estable, el Salón Varietés, promovido por un vendedor de máquinas de coser, Annibal Díaz. Con algún incendio de por medio, y el consiguiente susto vecinal, el Varietés dominó la escena hasta que, en 1911, surgió el Salón Villagarcía (hoy, pabellón de Castelao), con capacidad para mil personas, «única forma de que en un pueblo de la importancia de Vilagarcía puedan actuar las grandes compañías a precios modestos, que permitan la asistencia del elemento obrero».

En el Villagarcía se exhibieron las primeras cintas sonoras, lo que llevaría al cierre del Varietés, pero también al nacimiento de otro mito: el Cine Fantasio, en 1933, con su magnífico aparato Zeiss-Marconi. Y tras la Guerra, llegó el Cervantes (1939), otro clásico, que, de la mano del empresario Isaac Fraga, se convertiría en un referente no solo comarcal sino provincial. En 1943 nacería el Arosa, en pleno centro, y con él, la época dorada del cine en Vilagarcía. En apenas doscientos metros llegaron a convivir tres salas y las estrategias comerciales para atraer clientes sentaron cátedra. Frente a los grandes espectáculos del Cine-Teatro Cervantes, el Fantasio, «el cine elegante, el cine de moda». A finales de los 70, el Cervantes ardió y en los ochenta, el Arosa dio paso a un moderno edificio y a los Mini-Cines UVE, en la calle de Arcebispo Gelmírez. Nacía una nueva época, cuyo apéndice sería la apertura, en octubre de 2001, de los Multicines Gran Arousa.

El Varietés se estrenó con La hechicera y el Gran Arousa con Nicole Kidman y su Moulin Rouge. Entre una hechicera y otra pasaron 93 años. Casi un siglo en el que varias generaciones de vilagarcianos rieron, lloraron y hasta se enamoraron mientras veían pelis en blanco y negro y en color, con cine mudo y pianista o con dolby-surround, con palomitas y gafitas 3D y sin ellas. Patrimonio material e inmaterial, juntos: las viejas salas cerraron, pero el espectáculo, como la vida misma, continúa.

Hace cien años, ver una película en el Salón Villagarcía costaba diez céntimos