Rocío y su familia relatan su experiencia al otro lado de la legalidad
06 nov 2011 . Actualizado a las 06:00 h.En As Sinas (Vilanova) llevan muchos años conviviendo con el fenómeno del furtivismo y Rocío García y su familia han sido no solo testigos de esta realidad sino también parte de ella. Con poco más de veinte años, empezó a bajar a la playa para ayudar a su madre Socorro y a su tía Lola a apañar las almejas. En esta vida nadie nace aprendido, y en el oficio de furtivo, tampoco. No solo hay que saber manejar la horquilla y el sacho, también hay que aprender a tirar el marisco a tiempo para que no te pillen con las manos en la masa y a echar a correr hacia los pinares con la coraza de la ropa de aguas.
A Rocío no le quedó otra, afirma. «Fui furtiva para poder comer». No se enorgullece de su pasado, pero tampoco se avergüenza porque, insiste, en su casa no había otra fuente de ingresos «y en la cofradía no nos querían dar el pérmex».
Hoy, a sus 38 años, su vida sigue ligada al ritmo que marcan las mareas, pero lo hace desde el otro lado. Desde hace una década es una mariscadora con todas las de la ley, adscrita a la cofradía de Vilanova. Tiene su permiso y paga la seguridad social, aunque haya meses que apenas ingrese para cubrir gastos. «Esta última quincena gané 163 euros y el seguro me cuesta 175», se lamenta. Pero las Navidades están cerca y el panorama pinta más propicio.
Más ganancias que ahora
En todo caso, sus ganancias nunca serán como las de antes. «Se ganaba más porque no tenías gastos, todo quedaba limpio». Eso, a pesar de que los compradores «abusaban» y les pagaban la almeja y el berberecho muy por debajo de la cotización en lonja. Es el precio de estar al margen de la ley, aunque Rocío matiza. «Aquello era ilegal entre comillas. Nosotros no robábamos. Robar sería ir al Castelele o a otros sitios donde siembran, pero nosotros siempre trabajamos en As Sinas, donde el marisco crece solo».
Rocío nos recibe en su casa del barrio de San Pedro (As Sinas) en un día de temporal de viento sur que cuela el olor y la humedad de la salitre casi hasta la cocina. Allí están su madre, su abuela y dos tías. Tres generaciones de mujeres que en algún momento fueron furtivas y que tienen historias para contar «como para escribir un libro».
A Lola la proclaman la «cabecilla». Ella llevaba la voz cantante cuando había que planificar el trabajo o enfrentarse a los «pitufos». Así les llamaban a los vigilantes «porque ían vestidos de azul», recuerdan las veteranas. «Aparecían os garda xurados, a Autonómica, a Garda Civil..., coma se foxemos delincuentes. Unha vez ata apareceu o helicóptero». Eran los tiempos en que As Sinas era un foco donde operaban hasta medio centenar de furtivos. Estaban ellas, los Chumbas, los Caraqueños, «e os que viñan de Cambados e de San Miguel aproveitando que estabamos nós». Muchos hicieron su agosto, aunque hubo a quien le salió caro. A Socorro, en febrero del 2006 le llegó una carta que le comunicaba que tenía acumulada una multa de 114.000 euros y una orden de embargo sobre su casa.
La casa, a subasta
La vivienda salió a subasta, y gracias a que un yerno la adquirió por 47.000 euros, hoy tienen donde vivir. Empezó a pagar la multa a razón de 30 euros al mes cuando en el 2000 se convirtió en mariscadora legal y así siguió hasta que se jubiló, este año. «A nós nunca nos colleron unha ameixa na man, pero facían o que querían», explica. A Lola también le cayó una cuantiosa multa, que en su caso prescribió, pero Rocío sigue pagando con aportaciones anuales sus 36.000 euros de sanción.
¿Y qué opina una ex furtivo de los furtivos de ahora? «No te parece bien, pero es mejor que vayan a la playa que a robar».
Rocío García Mariscadora de Vilanova de Arousa