os niños de los 70 teníamos un argot extraño. Las cosas eran cacafuti, los insultos se escondían tras un eres un ge y lo que sigue y ante un y yo más se zanjaba la disputa con un pues yo infinito. Era un mundo muy diferente al de ahora, en el que sobre tu cabeza pendía la amenaza perpetua de lavarte la boca con jabón si decías un taco o una palabra fea. De ahí tanto eufemismo. Tanta vuelta. Hoy basta media hora en un parque para escuchar a un macaco de ocho años soltar un esto es una mierda o eres un gilipollas. No sé si lo del infinito sigue de moda. Imagino que no. Es un concepto extraño el del infinito. Es lo que no tiene fin, pero eso es sencillamente imposible. Sin embargo, hay algo mágico en la palabra. Y en su símbolo. Es como un ocho tumbado. Recuerdo que de adolescente me pareció muy hermoso cuando me lo enseñaron en el colegio. No soy capaz de imaginar algo que no tenga fin, pero sí creo que lo infinito puede estar en lo más minúsculo. En lo pequeño. En lo lleno de límites. Lo más finito puede ser infinito. El eslogan de Cantabria es Cantabria Infinita. Y parece exagerado para una comunidad autónoma uniprovincial y pequeñita -5.221 km cuadrados por los 29.574 de Galicia-. Pero no lo es. Es un acierto. Una demostración de que lo infinito puede tener límites terrenales pero no espirituales. Y en Cantabria a cada paso que das hay algo que ver bien conservado, gestionado con cabeza, señalizado y produciendo riqueza. Galicia no es infinita. Pero podría serlo si hiciésemos las cosas bien. Con amor infinito.