S
omos agua. Como ríos. Cauces con principio en un borbotón diminuto y final en la inmensidad tenebrosa. En el océano al que regresamos al inicio de lo que una vez fuimos. Hay ríos pequeños y otros grandes. Los hay que avanzan a trompicones. A saltos entre las montañas. Hay otros mansos. Que corren sin hacer ruido. En silencio. Hay ríos que van y vienen. Que aparecen y desaparecen. Como el Guadiana. Que se ocultan cuando más falta hacen y no apagan la sed. Hay ríos gélidos. Con una corteza de hielo que hace que parezcan inmóviles. Detenidos. Pero bajo esa piedra blanca e impenetrable bajan torrentes fríos y punzantes. Hay ríos inmensos. En los que hay puntos en los que desde una orilla no se ve la otra. Los hay negros como la noche. Tan oscuros que ni la Luna se refleja en sus aguas. Otros son límpidos y transparentes. Puros. E invitan a beber. A bañarse en su corriente dulce. Somos ríos. Porque es agua lo que forma nuestra carne. Apenas algo más. Una pizca de sal. Para aderezar nuestra materia. Como ríos nacemos, vivimos y morimos. Como sus aguas que brotan veloces, se apaciguan después y mueren en paz. A merced de las mareas. Y como ríos cambiamos. Jamás te bañas en el mismo río. Porque sus aguas serán otras. Y otro también serás tú.