Chimichurri

AROUSA

L

a vida es como la salsa chimichurri. Fuerte, sabrosa y a veces indigesta. Y cambiante. Porque es raro que haya dos salsas chimichurri iguales. Así que por mucho que te haya sentado mal otra veces, debes siempre probar la que se te ofrece en cada momento. El pasado fin de semana cené en casa de mis amigos Jacobo y Antía. Había churrascada y sardiñada. De pronto, Jacobo se percató de que no había salsa. Buscó en Internet la receta y en un plis plas estaba lista. Cuando la cena estaba servida, me ofreció la salsa. Yo dudé. He tenido malas experiencias con el chimichurri. Desde estropear una carne rica rica a perforarme el estómago. Como un gato escaldado, olisqueé el aliño, eché un poco sobre una costilla de cerdo y me dispuse a probarlo. Estaba sencillamente delicioso. Y mi estómago no bramó en toda la noche. Si esa hubiese sido mi primera experiencia con este tipo de salsa, yo me declararía ferviente amante del chimichurri. Un fan en toda regla. Pero las cosas no son nunca tan fáciles. Ni el chimichurri ni nada. Ni, por supuesto, la vida misma. La experiencia nos enseña que la salsa que un día hace explotar en tu boca mil y una sensaciones alucinantes, al día siguiente te destroza y te enferma. Te provoca una úlcera por la que te desangras. La vida es como el chimichurri. Puedes encontrar una receta a boleo que resulte maravillosa y puedes tropezar con el peor de los fracasos a pesar de haber consultado el mejor libro de cocina y haberle dedicado tiempo a la salsa. Es cuestión de probar.