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ijo Hobbes que el hombre es un lobo para el hombre. Yo afinaría más. Yo diría que en nuestro mundo hay hombres que son gallinas y otros que son zorros. Y todo el mundo sabe que no se puede dejar al zorro cuidando de las gallinas. Porque se las zampa. Ahora que muchos, en las plazas y en las calles, ponen en duda nuestro sistema político, estaría muy bien que las gallinas pusiésemos todo de nuestra parte para que no velen por nosotros los zorros. Para que los políticos no puedan hacer y deshacer a su antojo. Para que no sean ellos los que decidan cuánto cobrar por ir a un pleno, o por ser alcaldes o concejales delegados. O diputados en el Congreso. O senadores. Lo normal es que todo eso estuviese regulado por ley. Por una ley en la que tuviésemos mucho que decir las gallinas. Es decir, los que ponemos los huevos con los que se alimenta toda la granja. Incluidos los zorros. Ahora los zorros campan a sus anchas en el gallinero. Y fuera, el campo está lleno de lobos. Y así nos ha ido la cosa. Porque hasta a las más débiles de entre las gallinas, si les das un cargo y les dejas decidir cuánto van a cobrar o a quién van a poner enchufar como asesor, se les caen las plumas, les sale pelo, le crecen los dientes y muerden hasta la mano que les dio de comer. Y engullen las gallinas, los huevos, el pienso y hasta la madera del cercado. La culpa no es de los zorros. Es de nosotros, las gallinas, por no plantarnos y exigir que se ponga fin a las dentelladas. El cambio necesario exige que gallina deje de ser sinónimo de cobarde.