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e mis muchos años de estudiante recuerdo sobre todo la angustia previa a los exámenes. Esa sensación de que hicieras lo que hicieras, algo iría mal. De que te quedarías en blanco en el último momento. De que eras incapaz de aprobar por mucho que hincases los codos. Tengo sueños recurrentes relacionados con esos días de nervios y flaquezas. De inseguridades. Sueño que no tengo los apuntes y que el examen es al día siguiente. O que estoy desnudo en medio de la facultad. También que realmente no me he licenciado, que me quedan dos asignaturas pendientes y que mis padres no saben nada. Seguro que un psicoanalista sabría decirme por qué sueño lo que sueño. Pero admito que hoy en día me preocupan más las cosas que he dejado de soñar que las otras. Hoy tengo un examen. Y confieso que llevo unos días atacado. Como en aquellos días de facultad en los que se me atragantaban la economía o las relaciones internacionales. Creo que no necesito a Freud para saber que me aterra el fracaso. El adentrarme en una senda que me lleve a ninguna parte. Hay tantas cosas que me dan miedo que necesito pequeños éxitos para afianzarme. Nadar más de lo que nadaba. Correr más de lo que corría. Hablar mejor francés de lo que lo hablaba. Quizás siento que si soy capaz de dar esos pequeños pasos algún día podré volver a soñar con aquellas cosas que un día dejé de soñar. Porque se puede vivir con pesadillas y temores. Con angustias. Pero es más difícil hacerlo sin nada con lo que soñar.