Hacía mucho tiempo que no andaba uno por aquellos terrenos. Recuerdos vagos, de cuando por allí había un surtidor de gasolina al que el Seat 850 (PO-4625-A) del cabeza de familia acudía a repostar. Recuerdos también de aquellos camiones cargados de atunes cabeza abajo, cuya estampa sorprendía a los madrileños (en eso no hemos cambiado, todos los veraneantes son madrileños), y que dejaban muchas escamas en forma de dinero, incluso para tiernos adolescentes (creo que el jornal andaba por las once mil pesetas diarias si se completaban los dos turnos). Recuerdos, en fin, de los marineros filipinos intentando cambiar dólares en cualquier establecimiento. Y leyendas de barcos rusos repletos de faldas. El presente es triste. Una explanada vacía, varias grúas paradas y más policías que estibadores. Así está la cosa. Y para colmo, las formas. Malas formas. Un representante del pueblo, sea o no de los tuyos, guste o no sus ideas, tiene todo el derecho a estar en un sitio que es de todos. O si no lo es, debería serlo. Porque un concejal es alguien elegido democráticamente. No a dedo. Un pequeño matiz que conviene recordar. Y más en estos días. Ayer desalojaron a dos concejales y a varios representantes de los medios de comunicación de la zona portuaria. Hubo suerte. No hubo palos. Los que estaban acampados en Madrid, en plena calle, sí se llevaron más de un porrazo. Su pecado, discrepar. Ya ni ahí se puede. Vuelve aquello de «La calle es mía». Quizás es que nunca se había ido.