En Senderos de gloria (Kubrick, 1957), el coronel que interpreta un magnífico Kirk Douglas pronuncia una frase memorable: «La patria es el último refugio de los cobardes». Desde luego no se refería a la patria como valor en sí, sino al uso que hacían de ella, como excusa para dictar órdenes injustas que originaban el sacrificio de vidas humanas, aquellos que no arriesgaban la suya, manteniéndose a resguardo de cualquier riesgo. Viene a cuento tal expresión para aplicarla a aquellos que, desde el anonimato, el seudónimo indescifrable o la suplantación de identidad, utilizan constantemente las redes sociales de Internet o los comentarios a las noticias publicadas por los medios de comunicación escritos, para insultar y difamar a las personas que eligen en cada momento, haciéndolas blanco de su talante ruin y mezquino, propio de quienes padecen complejo de inferioridad o son víctimas de la enfermedad de la envidia. También, por supuesto, a aquellas que se amparan en la libertad de expresión para tales fines, como si este derecho justificara la calumnia. Sus comentarios, preñados de veneno, jamás enriquecen algún debate, ni aportan pruebas para demostrar lo que afirman, fruto de su intrínseca maldad. Disfrutan con lo que hacen, porque se sienten seguros, sin caer en la cuenta de que quienes les leen, pasatiempo del que no alcanzo a comprender su provecho, no dejan de preguntarse cómo se puede caer tan bajo, tirando piedras y escondiendo la mano, ocultándose por miedo y vergüenza, lo que no impide que su proceder les llene de ignominia. Son los nuevos cobardes del siglo XXI. Son gente sin importancia y nunca la tendrán pese a sus despreciables acciones. Son gente indigna de cualquier respeto. Desde luego el mío jamás lo tendrán y estoy convencido de que tampoco el de la inmensa mayoría de ustedes. Afortunadamente.