Prometer

Xurxo Melchor C

AROUSA

uando éramos niños prometer era menos que jurar. Era como un compromiso de menor grado. Menos solemne. Jurar era un tabú religioso. Cuando se hacía, nadie dudaba de que lo que se decía era cierto. Otras veces, te retaban a que juraras algo y tú, realista y temeroso de no ser capaz de mantener el compromiso, respondías con un «no, pero te lo prometo». Debe de ser por esto que la promesa vale tan poco. Y menos si te la hace un político en tiempo de elecciones. Esa ya hay que ponerla en cuarentena. Porque muchas veces no solo no se cumplen, sino que te las hacen una y otra vez y siempre son mentira. ¿Cuántas veces prometieron la carretera de acceso directo desde el puerto de Vilagarcía hasta la autopista, la llamada circunvalación sur de la ciudad? Muchas. El primero en hacerlo fue Álvarez Cascos cuando era ministro de Fomento. Ya ha llovido. Pues el vial de enlace se inauguró hace bien poco. Fueron años y años de promesas falsas. Que son lo mismo que las mentiras. O hasta peor. ¿Y qué me dicen del hospital de O Salnés? Desde la última era Fraga, hasta en cinco ocasiones la Xunta ha prometido ampliarlo. ¿Lo han hecho? No. Otra falsa promesa. Una recurrente, que vuelve cada vez que hay que votar. Y los políticos la sueltan una y otra vez con la tranquilidad pasmosa del que sabe que los ciudadanos están tan perdidos que ya ni les tienen en cuenta que les tomen el pelo. Tendremos que ir pensando en obligar a los políticos a dejar de hacer promesas falsas. Que juren. A ver si así cumplen.