ice una persona a la que siempre he admirado mucho que el buen humor y el bienestar son una cuestión de actitud. De voluntad. De ponerse en modo felicidad, podría decirse. Hay mucho de eso. Aunque, a veces, por mucho que uno intente ponerle buena cara al mal tiempo el chaparrón se te echa encima y la lluvia fría te cala hasta los huesos. Todo es relativo. Ayer caminaba por la plaza de Galicia de camino al periódico y me crucé con el dueño de un bar-restaurante de Vilagarcía al tiempo que él pasaba por delante de un vendedor de cupones de la Once. Le saludó con un «no me chilles que no te veo» y sonrió. Y al invidente no pareció molestarle. Y en ese buen humor de ambos es cierto que hay mucho de actitud. Porque esa misma situación en otro contexto acabaría en el juzgado. La alegría exige aceptar que hay que jugar con las cartas que te han repartido. Y hacerlo con la mejor sonrisa posible. A mí aquello me pareció cómico. Simpático. Admito que me gusta recolectar estos momentos felices por la calle como si fuese un agricultor en tiempo de cosecha. Aunque lo que un día te anima puede otro día enfurecerte. Depende de la actitud, sí, pero también de otras cosas intangibles. Y como son inmateriales, no se las puedo explicar. Sospecho que son algo muy personal. A mí, por ejemplo, me gusta la Luna. Me pone las pilas cuando está llena. Y más estos días que está más cerca de la Tierra que nunca. A otros les provocará el efecto contrario. Hay que saber aprovechar las subidas. Para cuando llegue la bajada.