E

n el Debate sobre el Estado de la Autonomía celebrado esta semana, sus señorías hicieron gala de su gran acervo cultural, con referencias a obras literarias como Un mundo feliz, de Huxley, o el mito de la caverna de Platón, que entretuvo a Abel Losada, portavoz del PSdeG, y a Pedro Puy, todavía viceportavoz del PP, en un debate al más alto nivel.

Siguiendo su ilustrado ejemplo se me viene a mí a la cabeza Cicerón, pero no para valorar su obra literaria, sino para echarle en cara el flaco favor que nos hizo con las Catalinarias, donde habla del arte de la oratoria y de lo importante que es para la clase política, hasta tal punto que nuestros representantes públicos parecen haber olvidado que la política es, sobre todo, el arte de gobernar, y después, el de convencer.

Porque está muy bien que nuestros políticos sean letrados, estudiados y sobradamente preparados, pero cuando las cifras del paro son las que son, cuando el futuro del sistema sanitario está en el aire, cuando no hay quien encuentre un puesto de trabajo ni debajo de las piedras y todos los días nos tropezamos en la calle con un nuevo establecimiento comercial cerrado, pues no parece de más pedirle a nuestros gestores que se bajen a la arena para preocuparse por los problemas que más preocupan a los ciudadanos. Y más ahora que andan las elecciones a la puerta de la esquina.

Que da la impresión de que son ellos los que están dentro de la caverna y confunden las sombras con la realidad.